Una hora sin testigos |
Isak Andic, fundador de Mango, murió el 14 de diciembre de 2024 al caer por un barranco en Montserrat mientras hacía una excursión con su hijo mayor. Año y medio después, el juzgado de Martorell investiga aquella caída como un homicidio. El hijo ha sido investigado y en el centro de la instrucción está una mujer que entraba y salía de la intimidad de la familia desde hacía décadas, la terapeuta Julia Lüderwaldt.
El debate público se ha centrado en un dato administrativo. Lüderwaldt no consta colegiada como psicóloga en España, por eso no pudo acogerse al secreto profesional cuando declaró ante la jueza. El Colegio Oficial de Psicología de Cataluña le ha abierto una investigación por intrusismo. De ahí en adelante, la conversación ha girado alrededor del carné, como si el título trazara la línea que separa la ayuda profesional del daño.
Bruno Bettelheim dirigió durante treinta años una escuela para niños autistas en Chicago y llegó a ser la mayor autoridad mundial sin formación clínica
Bruno Bettelheim dirigió durante treinta años una escuela para niños autistas en Chicago y llegó a ser la mayor autoridad mundial sin formación clínica
Isaac Herschkopf, el psiquiatra de Manhattan que durante décadas vació la vida de su paciente Marty Markowitz, tenía licencia del estado de Nueva York y se sentaba en comités de ética. Edmundo Chirinos, rector de la Universidad Central de Venezuela y psiquiatra de tres presidentes, entre ellos Hugo Chávez, mató a Roxana Vargas, su paciente. Bruno Bettelheim dirigió durante treinta años una escuela para niños autistas en Chicago y llegó a ser la mayor autoridad mundial en el asunto sin formación clínica y con un doctorado vienés en estética. De los golpes que repartía en aquella escuela solo hablaron después de su muerte.
La colegiación filtra y hace falta, pero la lista de quienes abusaron y abusan con el título colgado en la pared es larga. Y también la de quienes ejercen sin título aplaudidos por un entorno ilustrado.
La terapia funciona y a mucha gente le ha salvado la vida. El punto es si solo la titulación es el límite que debe ponerse a los terapeutas
La terapia funciona y a mucha gente le ha salvado la vida. El punto es si solo la titulación es el límite que debe ponerse a los terapeutas
No escribo esto para sumarme a la sospecha contra la psicoterapia, que en los últimos años ha encontrado aliados en la industria del coaching y en el negacionismo de la salud mental. La terapia funciona y a mucha gente le ha salvado la vida. El punto es si solo la titulación es el límite que debe ponerse a terapeutas, psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras.
En la consulta del cirujano, no es el vínculo lo que limita la asimetría entre médico y paciente. Hay un protocolo, un consentimiento firmado, un cuerpo que responde o no al tratamiento. En cualquier terapia de palabra –la ejerza un psiquiatra, un psicólogo clínico o alguien sin ningún título–, un lado lo cuenta todo, no hay testigos y el resultado no se comprueba con ninguna prueba objetiva. En la tradición analítica, además, la dependencia del paciente forma parte del material con el que se trabaja, así que ningún criterio interno alcanza para marcar el límite.
Lo único que queda son unas reglas que los analistas llaman el encuadre. Hora fija, honorario fijo, un solo tipo de relación con el paciente, ningún contacto fuera de la sesión, supervisión, análisis del propio analista y una institución dispuesta a actuar si alguien se salta todo eso.
Construcción y financiación de la paciente
La histeria le sirvió a la neurología del siglo XIX para construir un objeto y después observarlo. En la Salpêtrière de Charcot, las lecciones de los martes se daban ante un público que incluía a escritores y periodistas, y las pacientes aprendían el repertorio de gestos. Augustine y Blanche Wittmann ejecutaban sus ataques con puntualidad teatral. La Iconographie photographique de la Salpêtrière dejó el archivo que Georges Didi-Huberman leyó en La invención de la histeria como lo que era, un taller de producción de imágenes.
En la sala gratuita las pobres sirvieron de material para construir la teoría, y en la consulta las hijas de la burguesía la recibieron
En la sala gratuita las pobres sirvieron de material para construir la teoría, y en la consulta las hijas de la burguesía la recibieron
Aquellas mujeres eran indigentes internadas en un hospicio público. Las que unos años después entraban en un gabinete privado de Viena pagaban la sesión y volvían a su casa. El mismo siglo montó las dos escenas: en la sala gratuita las pobres sirvieron de material para construir la teoría, y en la consulta las hijas de la burguesía la recibieron, aplicada a sí mismas.
Freud heredó el objeto y lo trató un poco mejor. A Ida Bauer, la Dora de su historial, la llevó a la consulta su padre, un industrial del textil que era quien pagaba. La atendió unos tres meses en 1900 e intentó convencerla de que deseaba al hombre que la acosaba y de que su asco era un síntoma. Ella abandonó el tratamiento el 31 de diciembre. Freud registró el abandono como un acto de venganza.
A Emma Eckstein, otra paciente de familia acomodada, Wilhelm Fliess la operó de la nariz en 1895 para curarle una neurosis y le dejó dentro medio metro de gasa. Casi se desangra. Freud interpretó las hemorragias como un anhelo histérico de ser querida.
Bertha Pappenheim, la Anna O. de los Estudios sobre la histeria, puso nombre al método: lo llamó talking cure, la cura por la palabra, y Breuer, su médico, recogió la expresión en el historial aunque no la curó. Meses después ingresó en un sanatorio suizo con los síntomas intactos y adicta a la morfina que le habían recetado. Del fracaso, se contó que Breuer había huido porque ella le anunció un embarazo imaginario suyo. Aunque ningún documento de la época lo sostiene, la historia circuló medio siglo. Pappenheim dedicó el resto de su vida a combatir la trata de mujeres, es decir, a creerles lo que contaban.
Freud dejó además una teoría que actuó sobre los cuerpos durante medio........