El narrador y la máquina

La semana pasada hubo dos polémicas literarias en torno a la inteligencia artificial. La revista Granta publicó The Serpent in the Grove, cuento ganador del premio Commonwealth de relato corto en su edición caribeña, firmado por Jamir Nazir, autor trinitense de sesenta y un años. Pocas horas después, en las redes se dijo que estaba escrito con un sistema generativo. Granta añadió una nota a la página advirtiendo de las sospechas y dijo que mantendría el texto en su web hasta que aparecieran pruebas concluyentes. Nazir, contactado por El País, afirmó que escribió todo el relato, que desde niño escribía pero la vida profesional lo absorbió, que una enfermedad lo ha obligado a quedarse en casa y ha vuelto a escribir. Su próximo proyecto, agregó, es la historia de la expulsión forzosa de su abuelo desde la India a Trinidad.

Casi al mismo tiempo, Olga Tokarczuk anunciaba en el foro Impact de Poznań dos cosas. Primero, que utiliza la IA para escribir (le pide, por ejemplo, canciones que se bailarían en una boda de los años cuarenta, le propone formas de desarrollar una escena, la llama “cariño”). Segundo, y esto es lo verdaderamente grave, que su próxima novela, prevista para este otoño, puede que sea la última. La conversación, según recogió Le Grand Continent, había empezado como un lamento sobre el estado de la literatura. La Nobel polaca tuvo que emitir un comunicado después: no ha escrito sus novelas con inteligencia artificial, solo la consulta para verificar datos. Pero la afirmación de fondo –que la literatura tal como la hemos conocido se vuelve cosa del pasado– sigue ahí.

Son dos sospechas simétricas pero invertidas. A un poeta amateur de sesenta y un años, enfermo, que vuelve a escribir tarde, se le acusa porque su cuento parece producido por una máquina. A una Nobel se la acusa porque admite usar la máquina como herramienta de documentación. En los dos casos la imputación es la misma: el texto literario habría dejado de tener una autoría humana. Algo se ha roto en la cadena de confianza que une al lector con quien escribe.

Pienso que esa rotura no la ha causado la inteligencia artificial. La inteligencia artificial solo la ha hecho visible. Y la prueba de eso quizá sea más nítida en el caso Nazir que en el de Tokarczuk. Porque si Nazir dice la verdad, y nadie ha demostrado que mienta, su relato plantea una pregunta más perturbadora que la de la atribución. Un escritor que vuelve a la escritura por necesidad, tras una convalecencia, con una historia familiar que........

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