Antifeminismo en los jóvenes: entre lo material y lo cultural

En 2021, ser feminista era lo más parecido a un consenso generacional que España había conocido en décadas. La mitad de los jóvenes se identificaba con el feminismo, una cifra muy superior a la de la década anterior. Apenas cuatro años después, ese apoyo ha decrecido considerablemente –al 38,4%–, y no solo entre los chicos, aunque es en ellos donde encontramos la mayor caída.

El antifeminismo es una posición construida políticamente al calor de la derechización global. Pero también podríamos incluir otros factores: cuando el feminismo más vivible se identifica con el gobierno, con el sistema educativo, con la corrección política, para una parte de los jóvenes se convierte en la voz de la autoridad. Y toda autoridad genera su rebeldía. Estos chicos perciben una culpabilización –se les responsabiliza del machismo antes de haber vivido sus vidas– y encuentran en los espacios antifeministas un alivio que mezcla provocación y diversión contracultural. También es importante no sobredimensionar el fenómeno: las posiciones abiertamente antifeministas siguen siendo minoritarias entre los jóvenes, pero la alarma social que producen amplifica su eco.

Cuando hablamos de las causas de esta derechización solemos señalar la manosfera, donde estos contenidos se difunden en internet y en las redes sociales y donde también circulan determinados afectos negativos amplificados por los algoritmos. Sin embargo, hay que hacerse también una pregunta fundamental: ¿por qué el contenido antifeminista encuentra un terreno fértil en una generación que creció en un entorno más igualitario que las anteriores? ¿Qué tipo de salidas ofrece para las frustraciones de estos chicos?

Entre lo material y lo cultural

En Ínceles, gymbros, criptobros y otras especies antifeministas (CTXT, 2026) trataba de explicar cómo los malestares materiales y las inquietudes sobre el futuro pueden ser convertidos en reacción antifeminista en las nuevas generaciones que ya saben que vivirán peor que sus padres. Esto en un sentido de menor acceso a bienes de consumo o propiedades –la vivienda es muchísimo más cara–, salarios proporcionalmente más bajos, etc. Pero vivir mejor no es solo tener mejores condiciones materiales, aunque esto sea importante. Las mujeres de la generación X –nacidas entre 1965 y 1980– sabemos que, al introducir la dimensión cultural, sí vivimos mejor que nuestras madres en términos de expectativas y posibilidades de vida, en acceso al estudio y trabajo, en libertad para vivir nuestra sexualidad, aunque esa ventaja se va reduciendo en las generaciones posteriores a medida que crece la igualdad social.

Los procesos de desindustrialización pueden dar lugar a una nostalgia patriarcal, y no necesariamente tiene que ver con la pérdida de estatus real

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Por tanto, el debate sobre causas........

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