menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

“Yo no quería ser líder”

17 0
12.10.2026

[Esta entrevista se publicó en gallego en la revista Luzes, en octubre de 2017]

Asegura que la tragedia de la izquierda actual es la confrontación con el enemigo equivocado. A sus 81 años [en el momento de hacer la entrevista], Beiras (Compostela, 1936) se dice “desencantado”, algo inverosímil en el catedrático de economía rebelde e indignado que sigue siendo uno de los principales referentes de la izquierda y el nacionalismo gallego.

Entrevistar a Xosé Manuel Beiras con la intención de ir más allá de la estricta actualidad es una especie de vértigo. Es aventurarse en un mar a veces calmo, a veces bravo. Lo hicimos en el Hotel Virxe da Cerca, en Compostela, pero en ninguno de los salones que fueron testigos de los movimientos de placas tectónicas del nacionalismo gallego de los últimos años. Entre el murmullo del agua y el piar de los pájaros, no se nos pasaron 300 años como a San Ero de Armenteira, pero sí fueron casi tres horas de travesía conjunta. Esto es apenas un resumen.

Una buena manera de comenzar el relato de la vida puede ser el de los primeros recuerdos.

Puedes ver ese niño sin forzar la búsqueda. Vuelvo allí con una saudade alegre. Mis pinitos, mis primeros años, en la casa de Rúa do Vilar, número 11, tercer piso. Allí viví once años, un tiempo inolvidable. Mi padre había colgado en el pasillo, enmarcadas y con un vidrio, las estampas del álbum Nós de Castelao. De alguna manera, cada día construías una historia diferente con aquellas viñetas. Fueron el primer “paisaje” del que tengo conciencia. Impresionaba mucho aquella de la mujer que llevaba a cuestas un ataúd con la leyenda LEX…

¿Cuándo apareció la música? Parece que forma parte “orgánica” de Beiras…

Comencé solfeo a los 5 años y piano un año después, pero la música ya estaba presente… ¡y de qué manera! Los domingos, si llovía, se pasaban en la casa cantando. Sí, cantando. Mi padre tenía las partituras del primer cancionero gallego, el que fue obra del padre Luis María Fernández, el confesor de Alexandre Bóveda. Y cantábamos poemas de Rosalía, Pondal…

Ser capaz de rebelarse contra la injusticia. Ese parece ser el verdadero primer trazo para definir el ser humano. ¿Tiene conciencia de ese momento?

Recuerdo que mi madre hablaba con las lecheras que venían de los aledaños, de Calo o Teo, y traían a veces noticias estremecedoras, la gente asesinada en las cunetas de las carreteras. Se hablaba en voz baja, pero ese máximo horror histórico quedó en el poso más hondo de la memoria. Y otro recuerdo familiar transmitido, de mi padre, pertenece también a ese orden del terror contra el que rebelarse. Estaba una mañana temprano, en verano del 36, hablando con unos amigos cuando cerca de donde estaban, en la plaza de Cervantes, se detuvo un rato un automóvil, en el final de la costa del pazo de Xelmírez. Antes no había esas escaleras. Mi padre se volvió y lo vio, por la ventana trasera, era Camilo Díaz Baliño sentado entre dos hombrones. El auto volvió a arrancar y mi padre corrió hacia un compañero que trabajaba en un sanatorio y donde sabía que tenían un coche con chófer. Y fueron detrás del otro, pero perdieron la pista al llegar a la bifurcación de Lavacolla… Mi padre y los amigos cogieron por Curtis, pero los asesinos habían escogido la carretera de Lugo.

Tuvimos el mejor maestro posible, un republicano perseguido

Tuvimos el mejor maestro posible, un republicano perseguido

¿Cómo fue la primera escuela, el primer maestro?

Pues fue una escuela muy especial. Mis padres no quisieron que fuéramos a la escuela franquista, algo casi imposible de evitar. Pero encontraron una manera. Un maestro represaliado, expulsado de la docencia, Xesús Pereira –por cierto, padre de quien sería mi compañera, Aurichu, las vueltas que da la vida–, hizo lo que se llamaba una preceptoría, que daban clases particulares o preparatorias. Mi padre convenció a otros para formar un grupo que había funcionado de manera cooperativa y apoyar la iniciativa de Pereira, un maestro extraordinario. Fue una suerte, un regalo del destino. Aquello era un oasis en medio del desierto escolar. El maestro tenía el espíritu de la Institución Libre de la Enseñanza. Teníamos nuestro cuaderno, un día de la semana salíamos de excursión didáctica, para aprender en el libro de la naturaleza… Tuvimos el mejor maestro posible, un republicano perseguido.

El maestro era bueno, pero ¿cómo era el Beiras niño? ¿Era atravesado?

¡No qué va, qué iba a ser! ¡Yo era muy bienmandado!

Bienmandado, pero con madera de líder…

¡Nada de líder! Yo era muy acoquinado. No quería ser líder. Ni siquiera en la universidad. ¡El líder era Gonzalo Rodríguez Mourullo! Era el elegido por Galaxia. Hicieron una gran fiesta en su honor cuando publicó Nasce unha árbore. Luego escribió Memorias de Tains y acabó por romper con el grupo. ¡Y me tocó a mí ser el líder! [Risas].

Xosé Manuel Beiras durante la entrevista, el 11 de septiembre de 2017. / Pedro Agrelo (Luzes)

Aquella escuela tan especial, aislada en el páramo del franquismo, ¿no le hacía sentir en un gueto elitista?

No, no tenía sensación de estar en un gueto. Yo, aparte de la escuela, jugaba con el resto de los rapaces. Hacíamos mucha vida de calle e íbamos por los montes de los aledaños de Santiago, a San Paio y por ahí. Entre los compañeros de juegos había dos, Carmelo y Roberto, que luego fueron capadores.

Sí. Era un trabajo muy demandado… [Risas]. Lo que sí tenía era una experiencia que los demás niños no compartían: el conocer y tratar a gente extraordinaria como Otero Pedrayo, Paco del Riego o el Padre Seixas, las amistades de mi padre. Luego, por la manera de pensar, podíamos estar señalados, sí. Recuerdo que a mi padre le habían dado una bofetada en la calle porque no hizo el saludo fascista cuando pasó un desfile. Le dieron una hostia en la calle, una humillación para aquel hombre hecho y derecho.

¿Hay algún viaje que tenga el carácter de iniciación, que supusiera una gran aventura?

A los siete años fui a Euskadi con mi tío Amador. Un viaje en tren con dos días para llegar. En las paradas, te daba tiempo a dar paseos por los sitios. Recuerdo que nos hospedamos en el hotel Londres, en la gran playa de la Concha. Yo estaba maravillado. ¡Luego, cuando fuimos a negociar con el PNV, me habían reservado un hotel y resultó que era ese! Pero viaje, viaje iniciático, en el sentido de cambiar la vida, fue el ir a París y vivir allí un tiempo. Tuve una primera estancia, pero luego ya volví con Teresa, mi primera mujer, y Ricardo, el primer hijo, que tenía pocos meses de edad. Y allá fuimos en el célebre Dos Caballos…

Sí, el 2CV de Citroën. Me dieron un premio que había convocado la Casa de Galicia de Nueva York, cuando........

© CTXT