“¿Cuántas veces tengo que citar a Aristóteles para ser tenida en cuenta?” |
La amistad es una especie de nudo atávico. Uno ha aprendido a ser amigo, pero no sabe cuándo ni cómo, pero de alguna manera uno tiene la habilidad de desenvolverse más o menos en las convenciones, en los gestos, en las expectativas. Sin embargo, la amistad es una cosa oscurísima de comprender: qué quiere uno, qué quiere el otro, qué se puede y qué no se puede dar. Como muchas otras convenciones sociales, tiene una cara ritualística y también un origen irrastreable: ¿quiénes fueron los primeros amigos?, ¿y las primeras amigas? Realmente no importa quiénes fueron, pero sí importa saber que hay cierto pulso que compartiremos al menos mínimamente con esos amigos originarios. Leyendo a Paula Melchor uno se encuentra con esos momentos donde se entiende que lo que hoy hacemos posee origen lejano y misterioso y donde se asiste a una escritura deslumbrante en la que no hay más que aceptar que lo fácil también puede ser oscuro. Siendo amigo de Paula uno entiende que eso que puede parecer fácil es una forma de vida: a veces complicada, otras tantas tan alegre, tan saltarina. Después del éxito de Amor y pan (Letraversal, 2022), me encuentro, como cada día a través de nuestros chats en nuestros teléfonos, con Paula, ahora para hablar sobre Un conjuro, su nuevo poemario que también edita Letraversal y que la confirma como una gran tejedora y observadora de las cuestiones, los intereses y los problemas de nuestra contemporaneidad. La amistad es una especie de nudo atávico. No sabemos muy bien cuándo empezamos a atarla, a ensayar esta especie de pseudosindicato en la que nos protegemos y nos avisamos y nos rebotamos las ideas y los trabajos y los sueños. Esta conversación es un lazo más de mi amistad con Paula Melchor, con quien trenzo no sé muy bien desde cuándo ni muy bien cómo, pero sí que lo hacemos continuamente.
Existe en la literatura y en el arte en general una especie de “miedo al segundo libro” o miedo al segundo disco o miedo a la segunda obra; más aún y sobre todo teniendo en cuenta que el primer libro fue extraordinariamente recibido. En este segundo poemario, tematizas ese miedo y ese éxito y esa ansiedad por pensar en “qué escribir después de”. En algunos pasajes lo escribes claramente: “¿me querrían todos ellos si nos escribiera, / si no volviera a cantar más?” o “Tengo miedo tengo miedo tengo tanto miedo de perder para siempre el pulso el ritmo de los poemas”.
Sí, estoy bastante aterrorizada, y lo estuve también durante la escritura: ¿qué se supone que se hace cuando parece que ya has dado todo lo que podías dar, y solo es el principio? ¿Seguir con la misma fórmula? ¿Marcarte un Blanca Andreu y desaparecer del mundo? Por desgracia, yo no soy tan valiente (o tan cobarde, según como se mire) como para quedarme callada para siempre y de una vez por todas. Creo que este miedo a quedarme encajada en un tipo de escritura, este miedo que iba creciendo en mí a medida que Amor y pan llegaba a más y más personas, hizo que tuviera que exponerlo de alguna forma en este nuevo libro. De ahí toda esa parte –“Cuando me hice juglarilla”– que explora qué significa mostrarse ante los demás como un ser destinado al espectáculo, en este trabajo hermoso, pero también perverso y agotador.
En el libro nos encontramos con una forma explícita y premeditadamente fácil, y además también con una defensa profunda de lo fácil como forma poética y política que tú relacionas aquí con lo pequeño, con lo divertido, con lo aparentemente banal, insignificante, poco trascendental.
Me encanta estirar la lengua poética tanto que parece un chicle a punto de deshacerse. A punto de romperse, pero nunca llega a hacerlo. Para mí, así es juguetear con el lenguaje: ver hasta dónde puedo depurarla para que tenga este tono cristalino que deja ver el fondo, pero con algo brillando muy profundo que no sabes bien lo que es. Lo intuyes, parece que puedes alcanzarlo, pero de pronto, al meter la mano, ves que solo era un reflejo de algo que no estaba. Esta forma fácil y aparentemente banal que mencionas creo que es justo eso: un escondite para nombrar algo mucho más profundo y difícil de encontrar.
No me gusta que este intelectualismo solo pueda expresarse de una forma para poder entrar en el templo del conocimiento
No me gusta que este intelectualismo solo pueda expresarse de una forma para poder entrar en el templo del conocimiento
Dibujas, de hecho, una correspondencia moral entre las cosas que son fáciles y las cosas bellas con lo que es bueno. Luego, ya adentrados en el libro, esa correspondencia se quiebra, aparecen los chicos guapos que no son tan buenos y que hacen de esa juglarilla protagonista, que es “reciente”, un ser que empieza a andar por el mundo con mucha más armadura.
Sí, el corazón se va haciendo hojalata a medida que lo exponemos, o eso parece. Yo insisto, y mi juglarilla también acaba haciéndolo, a pesar de los hombres malos, en entregarse a todos esos amorcitos que se encuentran por el camino y que son buenos y malvados, tiernísimos y muy inconscientes, hermosos y crueles, como nosotras mismas. Confío en que el amor es un camino de ida y vuelta en el que, por mucho que nos preparemos, siempre acabaremos entregándonos como si fuéramos muy recientes.
Esto último se relaciona con una postura abiertamente defensiva que dibuja el poemario con respecto a estos hombres malos, a los que se vuelve y señala una y otra vez. Explícitamente expones la propia violencia en este pasaje: “Ven mi inocencia oscura. / La quieren quebrar, la quieren para ellos; / pero es que yo / albergo hechizos cruelísimos / hechizos invisibles: mi inocencia los distrae. Piensan que soy eso / nada más” (116). Me recuerda, de hecho, a este fragmento de un poema de Fernanda Laguna: “Una mujer cree que tiene que ser tan lista / que los demás se tienen que convencer de que es una estúpida / porque en el fondo cree que cuanto más dejada de lado sea / más libre y feliz será”. Es una violencia que básicamente se resume en que mucha gente por el mero hecho de ser mujer o de asociarte a ciertos rasgos, temáticas o formas feminizadas ya se piensa que eres tonta, ¿no?
Parece que una nunca va a ser lo bastante lista, sobre todo en según qué entornos. Más aún cuando nos negamos a pasar por una transformación de nuestro lenguaje o nuestra manera de relacionarnos por el ansia de ser consideradas importantes o dignas. ¿Cuántas veces tengo que citar a Aristóteles o a Paul Ricoeur para que la gente se convenza de que merezco ser tenida en cuenta? ¿Debo ir con la media que saqué en la carrera tatuada? ¿Cómo se supone que debería ser mi poesía para convertirse en válida, para entrar en determinados circuitos? ¿Debería yo misma aprender a ser más elegante, más decorosa? Y, de todas formas, ¿a quién estoy favoreciendo con ese decoro? Todo esto es una cárcel, por supuesto, y no tiene nada que ver con un auge del intelectualismo, porque yo amo adentrarme en cualquier aprendizaje: amo investigar, forzarme a comprender lo que ignoro, ponerme en manos de pensadores y pensadoras que me llevan siempre un poco más allá. Lo que no me gusta es que este intelectualismo –esta poesía digna– solo pueda expresarse de una forma para poder entrar en el templo del conocimiento.
En consonancia con toda la ambientación mística o neomística y su tiempo suspendido en un pasado mítico mediomedieval y junto con la idea que hablábamos de tematizar el miedo al segundo libro y el éxito del primero, la voz poética que se desarrolla en Un conjuro es una especie de actualización, de reescritura dialógica con la idea y la función del poeta medieval, aquel que va cantando para la gente, que va itinerante por los pueblos, que canta para que le quieran, que va cantando para ganarse las monedas.
La figura de la juglarilla me vino justo por esto que comentas de tematizar el miedo y la reflexión metapoética a partir del diálogo con dos tradiciones que a mí me interesan enormemente: la de las místicas y la de las juglaresas (o trobadoritz). Durante la escritura de Un conjuro estuve investigando tanto de la escritura simbólica del Amor Divino como de la actualización del Amor Cortés que llevaron a cabo las mujeres que cantaban en las cortes de la Edad Media. No soy ninguna experta, y no pretendía tampoco hacer ningún trabajo académico, pero sí que encontré mucha inspiración, y creo que el libro es la consecuencia de esta simbiosis: el tono está marcado por la oralidad de las cancioncillas, divertidas y tiernas; y el desgarro por el deseo neomístico. O eso creo yo, al menos.
En poesía no hace falta entender las cosas del todo, basta con que las cosas consigan colarse en nosotras
En poesía no hace falta entender las cosas del todo, basta con que las cosas consigan colarse en nosotras
Hay, para mí, una forma de mostrar que aquellas supuestas tonterías sobre las que se escriben se hacen de forma explícita y premeditada y es escribir sobre novios y novias y chicas guapas y chicos guapos. Creo que lo muestran perfectamente las poetas argentinas de los noventa, como Fernanda Laguna, Cecilia Pavón o Marina Mariasch, entre otros ejemplos y con quienes compartiste espacio en Estrellas vivas. Antología de poesía cursi, que editamos Berta García Faet y yo también para Letraversal. Y creo que lo vuelves a mostrar tú, aquí y ahora, con Un conjuro y con ese poema que acaba con el lamento de morirse porque da pena morirse habiendo chicos tan guapos.
A veces intento no escribir de chicos y chicas guapas, pero es tan difícil… ¡Resulta tan sencillo escribir de todo lo lindo de los demás! Yo creo que es lo mejor del mundo.
Unida al misticismo y a la propia idea de la poesía, hallamos continuamente un pulso en el libro que defiende un tipo de conocimiento quizás no tan normativo y seguro que no tan reglado; un conocimiento que se articula no solamente pero que sí tiene muy en cuenta lo intuitivo, el impulso sentimental, la corazonada. Porque, como hablaba en otra entrevista aquí con Berta García Faet, sentir es una forma de pensar.
Hay conocimientos que nos arrastran a una doblez de las cosas imposible de explicar con palabras concretas, imposibles hacer llegar a los demás en una lógica certera. Hay una forma de relacionarse con el mundo que es escurridiza y se parece mucho más a un sendero sinuoso medio oscuro que a una línea recta con una luz al fondo. Estas son mis formas favoritas de aproximación al mundo, porque son las que más se parecen a la poesía, que es sin duda una manera muy concreta de sostener el ocultamiento y el sinsentido. En poesía no hace falta entender las cosas del todo, basta con que las cosas consigan colarse en nosotras, y no hay nada más estupendo que esto, porque es lo que más catapulta la imaginación y las ganas de que la vida sea mucho mucho mucho más.
Para acabar, me gustaría preguntarte sobre una sensación, una emoción que se va articulando y surge a lo largo del libro que es la pregunta sobre qué permanece en nosotros, en uno mismo, de aquellos sitios por los que se pasa, por los que se transita, de aquellas personas con las que se comparte un trozo de aventura y que quizás ya nunca se vuelva a ver. Siento que esta pregunta es mucho más grande y que es incluso extraliteraria. Escribes: “Todo lo que amamos se queda con nosotros. Todo lo que perdemos se queda con nosotros”. Y eso me recuerda, ya que estamos con Berta García Faet, a uno de mis versos favoritos suyos: “Hay huellas imborrables y hay huellas imborrables”.
Durante y después de las aventuras y los paseos y los saltos al abismo quedan los demás, por supuesto, y la mirada cambiada que proporcionan los encuentros, las pérdidas y la buena poesía. Hay huellas imborrables, Berta lo dijo genial porque ella es listísima. Hay, además, ojos que vemos en sueños y de los que no nos podemos deshacer. Esto es maravilloso: que nos turben para siempre estas miradas, que no tengan ninguna solución, que quizás se queden mucho rato y duren lo que dura una vida y otro poco más. Yo me entrego a ellas muy gustosamente.