Sobre los agujeros |
En el año 2000 fui a trabajar a Argentina por unos días. Pero, en el tiempo que el avión empleó en llegar hasta allá, Argentina colapsó. Es espectacular ver un colapso. No hay dinero. Ni los bancos ni los cajeros lo ofrecen. El consulado te informaba, de repente, que en una esquina determinada había un cajero que, durante media hora, dispensaría algo de moneda y, en ocasiones, eso era cierto. Por lo demás, era imposible comprar nada, por lo que la adquisición de productos oscilaba entre los dos extremos humanos que suponen la bondad –aceptar tu palabra como pago, de manera que, cuando obtuvieras dinero, solucionaras esa deuda, más de honor que material– y la maldad –la pura usura, el abuso–. Es curioso, pero esos dos extremos parecían convivir, sin primacía de ninguno de ellos. Los colapsos, las situaciones radicales, imprevistas y que suponen un replanteamiento de los posicionamientos éticos, no cambian, en fin, a nadie que no haya cambiado antes. Lo más espectacular era que toda esa interrupción dramática de la realidad que veía, algo único, singular, hipnotizante, no era mi primera vez, sino que suponía la vivencia de mi segundo colapso. Había visto el colapso de otro sistema........