menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Limón en salmuera

22 0
21.08.2026

-NADA. Las naciones, en términos generales, no son inevitables. Son, de hecho, un invento no muy antiguo. Se formulan, primero con timidez, desde el XVII, pero es en el XVIII y en el XIX cuando dan su do de pecho, cuando lo son todo. Tras el consiguiente exceso sangriento, su uso y abuso se modera con dos guerras mundiales, nunca antes vistas. Pero el concepto parece volverse a desmadrar, esta vez sin freno alguno, desde los ochenta del XX hasta este momento, en el que escribo la o del palabro momento, cuando el nacionalismo pasa a ser, zas, la única instancia colectiva posible. Tal vez, porque ya no queda otra, porque ya no queda nada. Algo dramático, si pensamos que una característica del Sapiens es su formulación en grupo, esa cosa colectiva que desaparece intensamente de la vida cotidiana tras cuatro décadas de neoliberalismo. Al cabo de ese tiempo –se dice rápido– no queda ninguna instancia colectiva, snif, en la que ser grupo, salvo la nación, que por otra parte no deja de ser el cacharro colectivo en el que transcurre el yuyu, es decir, el neoliberalismo. El acceso al grupo que disfrutaron nuestros papás y abuelitos –eran muchos accesos: la familia, la vecindad, el trabajo, la formación, la reunión de afines, la reunión de militantes, la reunión de personas opuestas o a favor de un fenómeno, la reunión de personas para pasárselo bien o para construir algo– ya no existe en su rotundidad explosiva y desequilibrante. Lo que potencia más la cosa nación, ese único punto en el que poder ser colectivamente. Es decir, no ser, formar parte de una uniformización absoluta, pues las naciones, desde el XIX, tienden a considerarse a sí mismas objetos terminados, perfectos, que no precisan raros, ni variación alguna. Algo sorprendente, pues incluso las naciones no dejan de variar, no dejan de admitir objetos raros y extraños a sí mismas, puras gamberradas. Son, en fin, cosas de la vida –esa cosa que no transcurre en la nación, sino en ámbitos más gansos y universales–. Sucede un poco lo mismo con las cocinas nacionales, esos objetos cerrados, formados por una técnica, unos ingredientes y unas percepciones determinadas, sumamente rigurosas y cerradas, que, por otra parte, no paran de admitir técnicas, ingredientes y percepciones extrañas, venidas de fuera de sí mismas. Hola. Bienvenidos a Como los griegos. Hoy les presento una superproducción venida de fuera y destinada a quedarse con nosotros para siempre, cambiando un poco ese nosotros. Lo que es una buena definición, ahora que lo releo, de la inmigración, ese nosotros que cambia el nosotros desde el inicio de los tiempos y del nosotros. El producto que les vendo es, literalmente, un condimento, formulado en África y con el que cocinar a) platos africanos, destinados ya a ser locales –no alucinen; eso ya pasó antes, es decir, siempre, con el tomate o la patata–, y antes del antes y antes de siempre –con el arroz y los cítricos–, y b) platos europeos. Hoy, de hecho, les chutaré recetas de ambos continentes, es decir, de nosotros, que se elaboran con ese condimento, traído por la inmigración marroquí, que les cambiará la vida: el limón en salmuera........

© CTXT