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Viajes por el espacio

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17.02.2019
Organizar una cena se ha vuelto un asunto más complicado de lo que era diez años atrás. La gente sigue dietas muy estrictas, se niega alimentos y le incomoda sentarse en la mesa con alguien que los consume: vacuno, aves, pescado, incluso la leche de vaca se ha vuelto sospechosa... La lista es larga. Proliferan alergias o intolerancias que antes, o bien no existían, o bien se saldaban en una vida de padecimientos privados. A veces parece que señalar un cambio conlleva un reproche, y reconozco que muchas personas de mi edad tienen idealizado un pasado que ni siquiera vivieron, y aunque les entiendo (reconforta pensar que hubo una época en que las cosas se hacían realmente bien, te ofrece un agarradero de esperanza) no me cuento entre ellos. Intento mantener la mente abierta, y aunque no tengo valor para abandonar la carne (ni me han convencido de que un cerdo o una cabra prefiriesen no nacer a terminar ya cadáveres en una mesa humana) entiendo la energía que impulsa a los jóvenes a vivir en un mundo más compasivo. Y lo celebro. Pero organizar una cena hoy en día está lleno de imperceptibles líneas rojas que antes no existían, es solo un dato. De manera que aunque Dai Na me había obligado a prometerle explícitamente (soy bueno prometiendo de manera impersonal) que no marearía a Patricia, en el Gourmet del Corte Inglés me dio tal temblor de manos mientras sostenía un sobre de salmón ahumado que la llamé al móvil. -No te apures, le guste todo lo que sea español. Dejé despacio el salmón en su sitio. Una de las mejores decisiones que he tomado (no tanto como padre, sino como persona que lidia con una paternidad) fue no resistirme ante los primeros indicios de que había dejado de ser una divinidad para mi hija; de manera que he visto sin alterarme como los ojos de Patricia (tan húmedos como los de su madre) me devolvían las imágenes de un varón falible, cansado, impotente, extraviado y ridículo. Sencillamente, me he dedicado a disfrutar de la caridad de los buenos momentos. Pero que las ironías de mi hija no me duelan tampoco me ayuda a comprenderlas. Al menos me había dado carta blanca. Mientras hacía cola en el Gourmet (con una cosecha de chorizos sangrantes y morcillas de cebolla) pensé en cómo cambia la propia vida pese a que uno se empeñe en quedarse en el mismo sitio. Te educan a comer carne, te envían a trabajar para que tu familia disfrute de un buen filete a diario y una mañana te despiertas transformado en un asesino de animales que contribuye al desgaste del planeta. Y luego está lo de las chicas, mi política vital pasa por no meterme en líos y aplicar un viejo adagio de los........

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