Anne Carson: una celebración en común
Tengo una anécdota personal con Anne Carson. Una vez bajábamos en un ascensor su editor, su traductora, el amigo que me la recomendó y yo. De manera que es posible que hubiera más lectores de Carson dentro de ese ascensor que fuera.
Estoy casi seguro de que la anécdota es un espejismo ejemplarizante de la memoria, pero aunque fuéramos solo tres, lo que sí les aseguro es que un siniestro en ese ascensor hubiese dejado mermadísimo al público de Carson. Hablo de 2008, más o menos.
Digo esto sin concederle la menor importancia a llegar “pronto” o “antes” a un autor, y por supuesto sin reconocerle el menor mérito a la puntualidad literaria (llegué unos tres mil años tarde a Homero), pero es uno de esos factores externos como la edad, el clima o el estado civil, que aunque no lo incluyamos en las reseñas, influyen en nuestra lectura. Lo que sigue es pues menos un ejercicio crítico que un repaso de algunas de las condiciones en las que se fue dando mi lectura de Carson, que escribo animado por la alegría del Nobel.
Leí con mucha intensidad a Carson entre 2008 y 2010, fundamentalmente, La belleza del marido; estaba enredado en mi primera novela, y leía hasta que se me caían los párpados a dos poetas de guardia para mantener el tono: Ashbery y Carson (que le dedicó al primero un hermoso “intento de comprenderle”). En la primera parte de mi novela hay varios rastros, convenientemente distorsionados, de la poesía de Carson, y, durante la promoción, en cada oportunidad que me daban la citaba como referencia e inspiración; aunque sin mucho éxito: periodistas y críticos preferían la matraca de los........
