Jeanette contra Trump |
Era 1987 y por aquel entonces José María Aznar no era un busto, sino el molón presidente de Castilla y León que posaba desde lo alto de la torre de un castillo medieval disfrazado de Cid Campeador. Se había prestado a aparecer en el suplemento de El País en un reportaje titulado “locas pasiones”, en el que algunas caras de la época se animaban a mostrarse en público tal y como se soñaban a sí mismas en privado. En 2003 Aznar posó de nuevo, esta vez con un puro en la mano y los pies apoyados sobre la mesa del rancho del presidente norteamericano George W. Bush, y pudimos comprobar que su loca pasión era cierta, que aquel disfraz del Cid iba en serio. Aquel hombrecillo de fenotipo español de los sesenta estaba dispuesto a pagar el precio que hiciese falta, incluyendo poner acento tejano –estamos trabando en ellou– o mentir justificando una guerra que costó 400.000 vidas en Irak y 193 en Madrid, para cumplir su sueño de ser alguien. El héroe nacional que sacó a España del rincón de la Historia. Gracias a mí, en Estados Unidos y en todo el mundo se hablaba de España, dijo años después en una entrevista, cuando ya todos los protagonistas de la famosa foto de las Azores, excepto él, habían perdido perdón.
Hoy Aznar estará feliz. De nuevo se vuelve a hablar de España en el mundo, así que podemos imaginarlo sacando del baúl su disfraz del Cid. Colocándose frente al espejo espada en mano porque, tras años de intrascendencia internacional, los norteamericanos vuelven a situarnos en el mapa, que es lo que en esta vida importa. Esta vez no ha sido necesario mentir, ni aplaudir la muerte de civiles, ni chupar suelas de zapatos poderosos para que nos lancen una galletita. Con oponerse de una forma muy básica a la indecencia o denunciar las obvias violaciones del derecho internacional ha sido suficiente para que España sea noticia mundial, lo cual explica cómo está el mundo. Sin poner acento tejano, Pedro Sánchez ha comparecido ante los medios para valorar las declaraciones de un Donald Trump en permanente enfado con todo aquel que no le repita lo guapo y grandioso que es. Si, además de no decírselo, se te ocurre ejercer la soberanía nacional vetando el uso de las bases de Rota y Morón para bombardear Irán, el enfado se convierte en amenazas. En esas estamos. “No vamos a ser cómplices de algo malo para el mundo”, le ha respondido un Sánchez al que ya sólo le falta sufrir una invasión extraterrestre para que Spielberg se anime a hacerle la peli.
Hoy Aznar estará feliz. De nuevo se vuelve a hablar de España en el mundo
Hoy Aznar estará feliz. De nuevo se vuelve a hablar de España en el mundo
La negativa de España a participar en la guerra de Trump y Netanyahu ha indignado al moderado Feijóo. Se trata de una decisión frívola e irresponsable, ha dicho, sin acabar de explicarnos cómo debería comportarse un presidente para no ser ni frívolo ni irresponsable: cuando yo gobierne me uniré a la operación para lanzar bombas sobre escuelas en Irán, aplaudiré el genocidio en Gaza o las violaciones de niños en la isla de Epstein para no seguir abochornando a los españoles con frivolidades, podría haber prometido solemne, pero no lo hizo. Deja usted a España en fuera de juego respecto al resto de países europeos, le espetó el líder del PP a Sánchez, al tiempo que el resto de países europeos salían en defensa de España y mostraban su solidaridad con el presidente europeo atacado por la masa naranja. Si hace dos meses los españoles de bien animaban a Trump a bombardear nuestro país y secuestrar al presidente democráticamente elegido, hoy justifican sus amenazas de imponer un bloqueo comercial que nos aísle y nos lleve a la miseria.
Nada como un patriota para entender de qué va el invento de la patria y nada como un líder socialista para sorprenderte. “No a la guerra”, grita Sánchez en estos momentos cuando aún no habíamos terminado de entender por qué centrarlo todo en el envío de más armas a Ucrania ignorando la vía diplomática. Que es preferible un presidente que no imite de manera patética el acento tejano es evidente. También que Sánchez se ha convertido en un referente internacional en la defensa de un mundo civilizado, de unas reglas del juego basadas en la democracia y la convivencia. Y evidente es que no sabemos qué Sánchez nos encontraremos pasado mañana teniendo en cuenta los antecedentes. Hablamos del mismo presidente que reconoció la presidencia de Guaidó en Venezuela porque así lo dictó Estados Unidos. El que acudió raudo y veloz a la llamada al bolo propagandístico que Trump organizó en Egipto para anunciar el fin de un genocidio en Gaza que aún sigue en marcha. El que condecoró a la ultraderechista Meloni con la medalla de Isabel la Católica. La tendencia es positiva, no hay duda, pero estemos atentos. La mejor definición del presidente del Gobierno y sus sorpresas positivas y negativas, el que hoy se enfrenta a Estados Unidos con toda la fuerza de la dignidad, la hizo su entonces vicepresidente Pablo Iglesias: Sánchez no es de izquierdas ni de derechas, es de lo que haga falta. Si el suplemento semanal de El País volviese a hacer el mismo reportaje, Sánchez se disfrazaría hoy de Jeanette: “Soy rebelde porque el mundo me hizo así”. Tratémoslo con amor, que la situación lo merece.