¿Por qué echaremos de menos a Habermas?

El reciente fallecimiento de Habermas debe estar ahora resonando entre las bombas de Oriente Medio como una frágil brizna de polen, inofensiva y fuera de lugar. Es una casualidad estentórea que nos deje uno de los pensadores más originales del siglo XX justo cuando Trump desata toda la fuerza de su liderazgo invadiendo países, secuestrando presidentes e incluso amordazando a su propio país para que nadie hable, por no mencionar el nepotismo desvergonzado con el que anda a sus anchas por los salones de Estados Unidos y medio mundo. Habermas, su teoría política, ciertamente no predijo un fenómeno como el de Trump. No sé si alguno de los que defendieron tan apasionadamente el liderazgo que asociaban a los sistemas políticos liberales, como Sartori o Przeworski, lo predijeron, a pesar de apostar racionalmente por la necesidad de liderazgos fuertes en los sistemas políticos. Pero Habermas no lo predijo, y fue por una razón muy diferente a ellos. La pieza central de su teoría política, aquella que debía servir de pegamento entre la pluralidad de visiones que habitan en la democracia y el poder, no estaba basada en los liderazgos. Me gustaría recordar a Habermas en estos momentos hablando solo de la gran aportación que hizo a la política, porque si hoy hablamos de ciudadanía y su rol en política, sea este mayor o menor, es, entre otras cosas, gracias a la obra de este pensador alemán que vivió casi todo el siglo XX diciendo que la política era democrática cuando era deliberativa.

Fue capaz de formular una racionalidad práctica diferente a la que habitualmente se había utilizado para pensar la política

Fue capaz de formular una racionalidad práctica diferente a la que habitualmente se había utilizado para pensar la política

Poner en el centro de la política a la ciudadanía no fue un mero añadido a su teoría para quedar bien con un concepto. Si por algo es ampliamente reconocido Habermas, se esté o no de acuerdo con él, es por haber sido capaz de formular una racionalidad práctica diferente a la que habitualmente se había utilizado para pensar la política. Esa racionalidad guiada por fines que convertía todo en un medio para esos fines. Lo hace en su Teoría de la acción comunicativa, escrita en 1981. Cuando publica esta obra, la mayoría de la teoría política del siglo XX se edificaba sobre la importancia de los liderazgos. Una tradición iniciada por Max Weber, para quien los líderes eran necesarios por ser los únicos capaces de poner freno al progresivo dominio de las fuerzas del capitalismo. Un espíritu de lucha, el de Weber, que se irá atemperando a medida que avanza el siglo, cuando los líderes se convierten ya solo en una necesidad funcional para que el sistema político liberal simplemente no colapse. Los liderazgos adquieren toda su plenipotenciaria capacidad a través de los partidos políticos. Es mediante ellos cómo se organiza una lucha por el poder que a todas luces había conducido a la humanidad a múltiples desastres en la historia. Para Hayek, el pensador neoliberal y premio Nobel de Economía, si la democracia tenía algún valor era más que nada por su capacidad para cambiar líderes sin derramamientos de sangre. La defensa a ultranza de este sistema (partidos y líderes) ha hecho muy a menudo intercambiables los términos democracia y partidos o líderes plebiscitarios y democracia. Para Habermas, en cambio, la democracia estaba íntimamente ligada a la capacidad comunicativa de las personas, a esa racionalidad con la que los individuos adquieren un estado comunicativo en lugar de un estado perpetuo de egoísmo para conseguir los fines perseguidos. Mediante la comunicación, decía Habermas, podíamos pensar con el otro, escuchar abiertamente y decidir siguiendo la fuerza del mejor argumento. Era ese el sustrato desde el cual se edificaba todo el sistema político. Un cambio de perspectiva dinosaurico para la época, que sigue siendo, aún hoy, incomprensible para la mayoría, tan acostumbrada a justificar, con desidia ya, las luchas intestinas de los partidos políticos.

Fue muy criticado por la izquierda, por no admitir la influencia de las condiciones previas a la comunicación

Fue muy criticado por la izquierda, por no admitir la influencia de las condiciones previas a la comunicación

La obra de Habermas es inmensa por lo que escribió, pero, sobre todo, porque ofreció un lugar renovado desde el que pensar la acción política. Hay muchas maneras distintas de entenderlo. Fue muy criticado por la izquierda, por no admitir nunca la influencia de las condiciones previas a la comunicación, pues no todo el mundo parte de las mismas condiciones cuando habla. Quizá fue inofensivo para la derecha al no plantear una alternativa disruptiva con el statu quo. Fue ampliamente criticado por su inclinación constante a pensar la comunicación siempre en términos consensuales, como si solo fuera posible una solución, como si la fuerza del mejor argumento apuntara siempre a una sola dimensión. Pero hoy, en su despedida, hay que subrayar su idea original, la de pensar la política a partir de la capacidad comunicativa de las personas. Mediante esa racionalidad práctica consiguió que entendiéramos que cualquier persona sabe lo suficiente para formar parte de la política, que la política democrática se hace desde la implicación comunicativa de cualquiera, que los líderes no son nada más que elementos funcionales de la deliberación que tiene lugar en la esfera pública. De este modo, colocó a las personas y el diálogo entre ellas en el centro del sistema político y convirtió para siempre la deliberación en una aspiración justa.

Me gustaría pensar que su fallecimiento no se lleva esta pieza crucial con la que entender los sistemas políticos, que con él no se van las aspiraciones deliberativas con las que pensar y organizar la política. 

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Ernesto Ganuza es investigador en el IPP/CSIC.


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