Restos del naufragio |
Nuestras reliquias
26 de septiembre
Chesterton formula en Ortodoxia una curiosa versión de lo que los pretendidos revolucionarios de antes llamábamos, específicamente, reformismo. El argumento comienza diciendo que “la única razón para ser progresista es la tendencia al empeoramiento que hay en todas las cosas”. Algo muy parecido a “la corrupción de lo mejor engendra lo peor”, esa vieja sentencia latina que da título a un libro excelente de otro gran pensador católico, Iván Illich. Las cosas degeneran si se las deja estar y hay que reformarlas constantemente: “Un poste blanco, abandonado a sí mismo, no tarda en convertirse en un poste negro”, y por eso es necesario blanquearlo de vez en cuando, o hacer un nuevo poste blanco, igualito al que ya había. Y lo mismo vale para las instituciones humanas: hay que estar reformándolas constantemente para que no se nos puedan y, sobre todo, para que no nos las cambien tanto y tan deprisa que se nos conviertan en otra cosa sin que nos demos cuenta.
Si el poste blanco estaba bien, lo que hay que hacer es repintarlo cuando veamos que ennegrece y no desear, revolucionariamente, que se convertirá en un poste azul o, peor aún, en una farola amarilla o, incluso, pasarnos la vida discutiendo acerca de la naturaleza y la necesidad de los postes y si no sería mejor arrancarlos todos para hacer un mundo sin postes. Aunque, desde luego, para realizar esos trabajos de mantenimiento y mejora tenemos que convenir que no está mal que existan postes, y que sean blancos, preguntándonos, quizás, cuándo y para qué se hicieron, y quién y por qué decidió que estarían mejores pintados de blanco. Otra versión de la famosa sentencia chestertoniana del muro. Esa que dice que antes de derribar un muro tal vez sea bueno averiguar quién lo hizo y para qué. Porque los muros se encierran, pero también protegen, y si los derribamos todos no tendremos otra cosa que intemperie o, por decirlo en los términos del capitalismo revolucionario actual, ese que funciona destruyendo los vínculos, los límites, las barreras y las obligaciones, no tendremos otra cosa que esa mezcla perversa de libertad e intemperie.
Lo que Chesterton intenta, creo, es insistir en que tan importante como criticar (y atacar) lo que está mal es alabar (y defender) lo que está bien
Lo que Chesterton intenta, creo, es insistir en que tan importante como criticar (y atacar) lo que está mal es alabar (y defender) lo que está bien. Porque muchas veces el mal no es otra cosa que la destrucción, la degeneración o la corrupción del bien. Porque no hay otra forma de ser revolucionario que tener claro lo que hay que proteger, conservar o restaurar. Porque a lo mejor hay que hacer la revolución o, como dice Chesterton, desenvainar la espada, para que la yerba siga siendo verde. No hay rebelión que no sea conservadora porque lo que hay que conservar es, nada más y nada menos, que las razones para rebelarse. Y las razones para rebelarse son, muchas veces, defender algo que ya está ahí y que nos quieren destruir o robar. O tratar de restaurarlo o de recuperarlo.
Así que me gustaría abrir conversación sobre cuáles son nuestros postes, nuestros muros o nuestras yerbas. En mi caso, ya sabes, al menos tres: la escuela, la escritura alfabética y la filosofía. Tres inventos griegos cuyo despliegue en el tiempo configura buena parte de lo que somos, y en cuya confluencia he trabajado toda mi vida.
Lo diré con otro motivo chestertoniano. Esa sentencia del prólogo de Lo que está mal en el mundo, donde se dice que una de las cosas que está mal es que no nos preguntemos casi nunca por lo que está bien. O esa otra sentencia, también de Ortodoxia, donde se dice que Eva pecó una vez por comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Y pecó otra vez por creer que la ciencia del mal, aunque sea para denunciarlo, es la única que vale la pena.
Nuestras reliquias
6 de octubre
El deterioro es el destino de las cosas libradas a su propia espontaneidad: en la casa común lo mismo que en la casa que cobija a cada uno, y lo mismo que en la vida se sostiene, pero no se basta. Por eso la tarea de reparar, restaurar, cuidar, proteger de las inclemencias, sostener lo que está a punto de caer, enmendar. Esta última palabra, según leí una vez, tiene una proveniencia hermosa. Emendatio designaba la actividad de los artesanos que corregían los errores cometidos por los copistas de libros. Se trataba de una intervención delicada y precisa sobre la materia frágil del papel, en modo de suprimir el error sin dañarla, o dañándola lo menos posible. Lo que nos lleva a tu atención por la escritura alfabética. Pero también, quizá, emendatio evoca esa tarea sobre sí –esa reforma de sí o esa transformación de sí– que llamamos “ética”. ¿Tiene que ver con la conservación o la transformación, la enmienda? Hay un punto en que ambas cosas se interseccionan y se indiferencian. La palabra que me gusta usar en vez de conservadurismo es conservacionismo. Amenazadas de extinción, la escuela, la lengua y la filosofía son preservadas por un trabajo conservacionista, igual que lo es el de quienes trabajan para salvar especies animales o vegetales de su desaparición, pero en este caso sobre algo íntimamente entreverado con nuestra humanidad. No tendría quizá demasiados argumentos para contestar a quien me preguntara por qué vale la pena la conservación de los seres humanos en la Tierra (a la que ellos mismos han hecho y siguen haciendo tanto daño) y de las marcas que los seres humanos dejaron en el mundo. Pero siento que esa tarea me convoca.
Humboldt descubrió entre los maipures un loro que hablaba en una lengua extinguida, incomprensible para los maipures mismos
Recuerdo una historia evocada por Alexander von Humboldt en su viaje a las “regiones equinocciales” del Nuevo Continente, que realizó entre 1799 y 1804, más precisamente en un raudal del Orinoco durante el trayecto venezolano. Humboldt descubrió entre los maipures un loro que hablaba en una lengua extinguida, incomprensible para los maipures mismos. Ya viejo, el loro había pertenecido a los atures –una tribu mansa y pacífica exterminada por los caribes–, y aprendido de ellos su lengua, ya perdida para siempre a no ser por el animal. Desaparecidos los últimos atures, era el único ser vivo que la hablaba aún en el mundo. Y el último. Alexander habría pasado muchas horas junto a él, transcribiendo los vocablos y fonemas emitidos por el viejo loro (que imagino de muchos colores) en lengua ature. La habría salvado así de la desaparición completa al lograr catalogar cuarenta palabras en su cuaderno de notas.
La referencia puede hallarse en el capítulo 1 del libro Cuadros de la naturaleza (1808): “En la parte más impracticable del raudal se encuentran otras cavernas llenas igualmente de osamentas. Es de suponer que la última familia de los atures no se extinguió hasta mucho después porque en Maypures vive –¡cosa rara!– un loro viejo que nadie entiende, según dicen los naturales, porque habla la lengua de los atures”. Y en nota al pie transcribe un poema que escribió su amigo el filólogo Ernest Curtius cuando Humboldt le contó la historia. Ese poema comienza: “En las soledades del Orinoco vive un / loro viejo…”, y termina: “…nadie ha visto sin estremecerse / el loro de los atures”.
Hay quienes han creído encontrar en esta historia una parábola de........