Ejercitarse en la esperanza

Dijiste una vez que agradeces nuestras conversaciones porque te obligan a reparar en palabras “que no están en tu horizonte”. Voy a echarte algunas más, a ver qué te dicen, tomadas de una entrevista que me hizo pensar, con Francesca Albanese (ya sabes, la relatora de la ONU en la Palestina ocupada, masacrada y destruida).

La primera palabra es mundo. Cuenta Albanese que la primera vez que oyó hablar de “Palestina” fue a los cinco años, cuando la matanza de Sabra y Chatila (protegida y alentada por tropas israelíes que también, como ahora, aseguraban la impunidad de los asesinos y los protegían de testigos o de posibles denunciantes). Cuenta que en su familia se hablaba mucho de Palestina, que en el cuarto de su hermano mayor había algunos posters alusivos, y se lamenta de que ahora el mundo de los niños y de los jóvenes se ha estrechado mucho, que se ha hecho más ensimismado, más autista, porque se han reducido (y se han degradado) muchísimo tanto las palabras que oyen como las imágenes que ven.

¿No será el mundo, entonces, algo así como aquello en lo que estamos implicados y complicados, eso de lo que hablamos o de lo que oímos hablar, todo lo que miramos con atención, todo lo que nos concierne y, de alguna manera, nos dice algo, nos afecta y nos interpela? ¿No será el mundo algo así como aquello a lo que prestamos atención, aquello de lo que hablamos? Y, sobre todo, ¿no es nuestra obligación ampliar las palabras y las imágenes en las que viven nuestros hijos (ampliar su mundo), ofreciéndoles algunas conversaciones o, al menos, no hurtándoles el acceso?

La segunda palabra será derecho. Y es que cuenta Albanese que su padre era abogado, que ella estudió leyes, se especializó en la protección jurídica de los derechos humanos, hizo un trabajo sobre los refugiados palestinos en las legislaciones internacionales, y continúa dando la batalla por la justicia donde hay que darla, en las instituciones, en Nueva York, en Washington o en Bruselas, en lo que aún queda de las Cortes Penales Internacionales, lamentándose ahora de que lo que está pasando en Gaza y en Cisjordania está acabando con el derecho internacional y con cualquier idea de justicia. Lo único que queda, dice, es “usar y proteger el sistema legal”. Un sistema legal que está siendo deslegitimado y destruido, tal vez de forma irreversible.

¿No será el derecho, y los estados de derecho, y el derecho internacional, y los derechos individuales y colectivos, y las instituciones que los defienden, algo así como una de las grandes conquistas de la humanidad? ¿No será lo único que les queda o les quedaba a los palestinos? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando ya no se confía en el derecho, cuando colapsa la justicia? ¿No es el triunfo inapelable de los matones, de la chulería, de la ley del más fuerte?

La tercera palabra es trabajo o, mejor, “hacer bien el trabajo”. Porque lo que hace o trata de hacer Albanese no es otra cosa que “su trabajo”. No es una militante (o no importa si lo es o no), no trata de vivir una vida comunista (o no importa la vida que lleve), sino que es una funcionaria de un organismo internacional que intenta hacer lo que tiene que hacer, que intenta cumplir con su deber, a pesar de todas las fuerzas que la conminan a no hacer “lo que es debido”. Es por eso y solo por eso, porque hace bien su trabajo, por lo que no puede entrar en Israel ni en los territorios ocupados (ni en Estados Unidos). O por lo que han congelado sus cuentas y han precintado su vivienda en Nueva York.

¿No es eso, su trabajo, lo que han hecho y continúan haciendo en Gaza los periodistas, los maestros, los médicos, los empleados de la UNRWA? Y, a contrario, ¿se puede llamar trabajo lo que hacen los soldados israelíes, los periodistas israelíes, los empresarios, los científicos, los universitarios, los políticos, los jueces, los que trabajan (si es que a eso se le puede llamar trabajo) para el genocidio? ¿No habrá una forma digna de estar en el mundo que consista, simplemente, en hacer bien el trabajo de cada uno, pero un trabajo que lo sea de verdad, que merezca su nombre?

La cuarta palabra es palabra. Cuenta Albanese su desazón por la erosión de lo que ella llama “humanismo” y, a veces, “ilustración”. Algo así como la creencia en que la palabra, la razón, el diálogo, el juicio, el pensamiento, una cierta tensión hacia el valor y hacia la universalidad, pueden orientarnos en lo que hay que hacer, decirnos lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero y lo que no lo es, lo que es bello y lo que es feo, lo que es justo y lo que es injusto. Y orientarnos sobre cuál es nuestro deber, nuestra tarea. Porque si no, ¿qué? O, como dice el verso de Vallejo, “más valdría, en verdad, que se lo coman todo y acabemos”.

Albanese considera que la esperanza es “una disciplina y un ejercicio activo”. No un sentimiento, o una actitud

Albanese considera que la esperanza es “una disciplina y un ejercicio activo”. No un sentimiento, o una actitud

¿No existe la posibilidad, para el animal que somos, para el viviente dotado de palabra, de “llamar a las cosas por su nombre”? ¿O todo depende de quién lo diga, y desde dónde lo diga? ¿Todavía vale la pena la lucha por las palabras y con las palabras? Albanese dice en algún momento que el encarnizamiento contra ella, el de verdad, el más despiadado e inclemente, empezó cuando usó la palabra “genocidio”, cuando publicó un informe que se titulaba “Anatomía de un genocidio”. Y añade que “se va a gastar antes el tiempo que las palabras”. Como si confiase en la fuerza de esa palabra porque es la palabra justa, la que le hace justicia a lo que pasa, la que lo llama y lo hace presente. 

¿No tiene que ver también el colapso de la palabra con el triunfo de los matones? ¿Recuerdas el patio del cole, cuando aparecían los matones, rodeados de los suyos, y ya no valían las reglas ni las razones? ¿Recuerdas la desazón, la tristeza, las ganas de llorar que nos entraban entonces, porque ya no servía de nada hablar ni razonar ni apelar a una norma o a una costumbre que nos protegiera? ¿Recuerdas la sensación de impotencia, de derrota, de intemperie, de que no había límites y todo era posible?

El Estado de Israel y sus cómplices están destruyendo sistemáticamente la atención, el derecho, el trabajo y la lengua. Todas esas conquistas civilizatorias que nos permiten vivir juntos con un mínimo de dignidad. Todos los límites. Pero lo que me ha impresionado de verdad es lo que dice Albanese de la esperanza. La considera “una disciplina y un ejercicio activo”. No un sentimiento, o una actitud, o una emoción, sino una disciplina, una actividad y un ejercicio. Algo que hay que ganar y que ganarse. Como si cada día hubiera que hacerla, ejercitarse en ella, obligarse a ella, rigurosamente, disciplinadamente, con el esfuerzo, el celo y la aplicación que exige. 

El convite a pensar palabras o pensar por palabras es una de las cosas que agradezco de tu conversación. La lengua alemana tiene una expresión que significa literalmente ‘sentido del lenguaje’ (Sinn der Sprache), y aun otra (Sprachgefühl) que podría traducirse como una capacidad de sentir la lengua, una sensibilidad hacia la lengua o el lenguaje -que en alemán es la misma palabra. Quizá sería posible forzar el idioma y hacerlo decir, de manera análoga, “tener sentido del mundo”, o incluso “sentimiento del mundo”.

Mundo es precisamente lo que hay más allá de lo que nos concierne directamente, lo que comienza donde acaban las preocupaciones por nosotros mismos. Ese involucramiento afectivo y cognitivo con lo que no nos atañe –lo que durante todo el siglo XX se llamó internacionalismo es una de sus formas– es lo que quizá está en proceso de extinción, o de disminución, como dice Francesca Albanese. Me pregunto si la instantaneidad y la ubicuidad de todas las cosas que han impuesto las pantallas no ha sido una paradójica causa de esa pérdida de un interés verdadero por lo lejano o lo que desconocemos (la expresión “mundo virtual” es en mi opinión una contradicción en los términos que entraña una pérdida del mundo, en favor de una avenencia de narcisismo y virtualidad que clausura la conciencia o la reduce).

Sin embargo, la reacción por lo que sucede en Palestina fue creciente y llegó a ser contundente y masiva en muchos países –si no con demasiadas medidas explícitas de los gobiernos, sí al menos a nivel popular–. La repitencia de la destrucción de pueblos, formas de vida y seres humanos concretos en la historia muchas veces desanima y produce desasosiego. ¿Otra vez? Como si los intereses fueran siempre más poderosos que la memoria y las decisiones colectivas contraídas en momentos de horror: el tiempo desvanece ese compromiso y ese sentimiento común para dejar paso a lo siniestro. Y todo debe comenzar a revertirse una y otra vez. El genocidio, la aniquilación, el fascismo, con esos u otros nombres, nunca dejan de acechar. Los momentos de tranquilidad producen un cierto olvido y una desatención de lo que es necesario........

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