Antes que el diablo sepa que has muerto

El reto de transformar la Unión Europea en un cuerpo político adaptado para sobrevivir en el nuevo entorno geopolítico transita por un camino minado. La socorrida fórmula europea de avanzar a golpe de crisis parece que ya no nos salvará en esta ocasión, si nos atenemos a las recomendaciones de referencia.

Los informes de Draghi y Letta de 2024, los policy papers internos de Bruselas y las conclusiones de los grandes think tanks europeos, hablan de modificar los tratados fundacionales (TUE) y los que regulan su funcionamiento (TFUE). En términos médicos, diríamos que hay que intervenir en el corazón y en el cerebro del paciente.

El tiempo corre en contra. La presión de los acontecimientos mundiales y las equivocaciones internas plantean un entorno hostil para el tránsito a una nueva criatura, a la que se espera antes de que las contradicciones y debilidades acaben con ella misma.

En la película de Sidney Lumet, Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil Knows You're Dead. 2007), los hermanos Andy y Hank Hanson, adictos a las drogas, frustrados y endeudados, atracan a mano armada la joyería de sus padres. Ayudados por un inepto tercer cómplice, acaban con la vida de su madre. Todo un despropósito.

El título de la película se inspira en el refrán “Que estés en el cielo media hora antes de que el diablo sepa que has muerto”, cuya autoría se atribuyen irlandeses y alemanes. Una frase que desea suerte a los hermanos Hanson en la sucesión de errores que cometen intentando salvar su pellejo tras el atraco. Una desesperada carrera hacia delante que equivocadamente creen controlar.

Animo al lector a ver la película de Lumet y establecer los diversos paralelismos que podemos hallar con la realidad de la UE. Un ejercicio intelectual inquietante y entretenido a la par.

Las debilidades europeas (las adicciones, frustraciones y deudas de los Hanson) ya están sobradamente diagnosticadas. Hacia el exterior, las dependencias estratégicas de Washington y Pekín son conocidas. Dependencias financieras, de seguridad y defensa, industriales, tecnológicas, comerciales o de materias primas. También están descritas las interiores para las que se receta acabar con la unanimidad a favor de mayorías cualificadas en la toma de decisiones sobre política exterior, defensa o fiscalidad que desemboque en un organismo supranacional. Cuatro apuntes significativos de la docena de recomendaciones que encarecidamente deberían tener en cuenta los Hanson para tratar de salvarse. Y no son poca cosa.

La constelación de think tanks que gravitan en torno a las instituciones bruselenses es un factor importante en el proceso metamórfico europeo, ya que actúan como laboratorio de ideas para la Comisión, Parlamento y Consejo. Bruegel, Jacques Delors Institute, CEPS o el European Policy Centre son algunos de ellos. Son los guionistas tratando de convencer a Lumet de que el guion no funciona y hay que reescribirlo.

Si se quiere profundizar al respecto dejo aquí la referencia de uno de los más citados: “Memos to the European Union Leadership 2024–2029” del think tank Bruegel. El informe forma parte de un ritual del debate europeo que se publica cada cinco años, al comienzo de cada nuevo ciclo institucional.

Todos los informes están muy bien razonados. La resistencia del papel ya es conocida. Lo que toca es su ejecución y responder a la pregunta clave de si la Unión será capaz de redimirse en tiempo y en forma, antes que el diablo nos atrape.

Diferenciemos entre políticos y tecnócratas, empezando por los segundos.

Decenas de miles de funcionarios participan periódicamente en la encuesta interna sobre el clima institucional de la Comisión Europea (Staff Survey), que les muestra como un cuerpo con un alto compromiso europeo, orgullo institucional y sentimiento supranacional. La misma encuesta y otros estudios especializados, afirman también que sobre sus hombros sienten la presión de los Estados miembros, denuncian el exceso de politización del proyecto europeo y la constatación de vivir en un estado de crisis institucional in crescendo.

Son miles los funcionarios europeos que firman misivas exigiendo un mayor apoyo a la población gazatí y ayuda humanitaria

Son miles los funcionarios europeos que firman misivas exigiendo un mayor apoyo a la población gazatí y ayuda humanitaria

Ese estado de opinión interno se manifestó con la protesta de ex altos cargos y embajadores de la UE en 2025 por la postura proisraelí de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen. Fue en forma de carta abierta respaldada por 209 firmas. No ha sido la única carta que se ha recibido en la sede de la Comisión. Son miles los funcionarios europeos que firman misivas exigiendo un mayor apoyo a la población gazatí y ayuda humanitaria. Unas protestas inéditas que los más veteranos funcionarios no recuerdan haber visto jamás y que ponen en evidencia también la desconexión entre la guardia pretoriana que la presidenta ha creado a su alrededor y las Direcciones Generales, gestores del día a día de la Unión Europea.

En el reparto cinematográfico podrían ser los actores secundarios que se dan cuenta antes que los protagonistas del desastre al que se precipitan, mientras éstos siguen discutiendo cómo salvarse, el tiempo se acaba y el diablo acecha.

En cuanto al cuerpo político, Ursula von der Leyen parece seguir el guion del drama familiar de los hermanos Hanson. Su último patinazo ahonda en la herida:

“Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y no volverá”.

“Siempre defenderemos y preservaremos el sistema basado en reglas que ayudamos a construir con nuestros aliados, pero ya no podemos confiar en él como el único medio para defender nuestros intereses”.

Con estas dos frases la presidenta de la Comisión se cargó a la matriarca de los Hanson, que en nuestro caso es como matar a los padres fundadores de la Unión Europea, con Jean Monnet a la cabeza. Es verdad que al día siguiente Von der Leyen trató de resucitarlo ante el pleno del Parlamento europeo. A estas alturas el pronóstico médico aún sigue siendo reservado (para ambos). En el quirófano Antonio Costa, presidente del Consejo hace todo lo posible.

A ojos y oídos de la eurocracia sonó como un bombazo: su plasmación en formato draft equivaldría a un especie de seppuku administrativo europeo. Pero hay que darle la razón a la presidenta de que, independientemente del efecto Trump, el nuevo orden relega a la Unión a un papel casi prescindible, aunque no insignificante, de la nueva geopolítica que nos impone Washington. Y esto no variará con un presidente demócrata. En todo caso, los más optimistas sueñan con una vuelta al derecho internacional de la megapotencia americana post trumpista, que facilite la transición europea a su nuevo cuerpo antes de que el siniestro belcebú lo haya detectado.

Hay que aclarar que las palabras de Von der Leyen no son, ni mucho menos, producto de un desliz subconsciente. Todo lo contrario: forma parte del debate diario de Bruselas. La dependencia de Estados Unidos es insalvable a medio plazo. Si nos pusiéramos manos a la obra hoy, tardaremos al menos diez años en lograr cierta independencia tecnológica, reconstruir las capacidades industriales o conseguir una autonomía digital.

Nos lo recuerda Josep Borrell, en una conversación sobre geopolítica con el profesor de Ciencia Política Ignacio Molina en la Fundación Juan March, que me atrevo a recomendar. El cloud, las tarjetas de crédito, los satélites que guían los misiles que les mandamos a Ucrania, son algunos de los ejemplos que citan y que impiden toserle demasiado alto a Donald Trump, capaz de bloquearnos los cajeros automáticos en un arrebato.

Bart de Wever, primer ministro belga lo resume muy gráficamente: “Ser un vasallo feliz es una cosa; ser un esclavo infeliz es otra”. Además de hacer una llamada general para poner en marcha las políticas necesarias que nos conduzcan a una autonomía estratégica, De Wever advierte que renegar del derecho internacional nos convertiría en un esclavo infeliz.

Lo dice el político que impide a día de hoy que la UE utilice los más de 200.000 millones de euros de activos del Banco Central de Rusia congelados en Europa para financiar la guerra en Ucrania. Una propuesta que ha defendido Von der Leyen. La mayoría de esos activos están depositados en una entidad financiera, Euroclear, supervisada por el Banco Central Belga y con sede en Bruselas. Como garante principal de esos fondos, no es de extrañar que Bart de Wever se palpe la empuñadura de su tuit. Y de paso, evita de momento que los hermanos Hanson corran el peligro de pegarse un tiro en el pie al violar los principios jurídicos internacionales, esos mismos que Europa afirma defender.

Este caso, junto a las palabras de Von der Leyen ilustran el estado de confusión de Bruselas y de sus países miembros. Derrapando en cada curva, los 27 representados en el Consejo buscan navegar en las procelosas aguas de lo urgente que abarca un arco bien nutrido de temas: desde los aranceles, Ucrania, Irán, el estrecho de Ormuz, Gaza y hasta sus propios problemas domésticos de los que no se escapan ninguno.

El guion no para. Aún se está escribiendo. Aunque hay 27 posturas, en un intento por sintetizarlas, los guionistas de esta película se debaten en dos grupos. Los primeros piensan que una transición rápida es imposible debido al desacuerdo de los 27 respecto a las reformas. Piensan que con los actuales tratados aún hay margen de actuación para hacer frente a la crisis. Tienen su propio eslogan “using the treaties to the full” (utilizar los tratados al máximo) al que gusta referirse Von der Leyen.

Los segundos advierten de que ya no hay tiempo para más dilaciones y proponen una Europa de dos velocidades, con un primer grupo avanzado, de menor tamaño, capaz de articularse en torno a un cuerpo supranacional. Aquí suelen estar Francia y Alemania con Italia y España al rebufo.

Y mientras tanto, se discute y se corre, intentando no pisar más minas de las estrictamente necesarias y con el diablo rondando las cabezas de Bruselas. Confiemos en que no les descubra antes de tiempo.


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