El centralismo acosado |
El resultado de las elecciones en el Perú no debería llamar a sorpresa. Todo ha sido hilvanado cuidadosamente por la mafia congresal para permitir que el fujimorismo, con escasos 14,4% de los votos emitidos, termine acaparando el poder desde una mayoría relativa en un Senado fortalecido y en la Cámara de Diputados. Bien visto, es una derrota política de los herederos de la dictadura de los noventa, aunque en los hechos se hayan salido con la suya.
El competidor de Fujimori será, en principio, el izquierdista castillista Roberto Sánchez, que tendría un potencial importante si logra amalgamar a la oposición antifujimorista. Tampoco Sánchez ha obtenido una votación arrolladora, apenas el 10,2% de los votos emitidos.
Aunque el recuento todavía no ha finalizado, Sánchez se impone al ultraconservador amigo de Vox, el exalcalde de Lima Rafael López Aliaga (9,8% de los votos emitidos), que desde hace semanas, al grito de “fraude”, acomete con toda la agresividad del vencido y la grosería de un imitador de Trump. Aunque ya sin mucho eco.
Sánchez es psicólogo y activista político desde su juventud, y ha crecido aprovechando toda oportunidad para asumir responsabilidades. Fue electo congresista por su partido en las elecciones de 2021, cuando fue elegido presidente Pedro Castillo, que le nombró ministro de Comercio Exterior. En medio de las muchas vacilaciones de Castillo, Sánchez fue el ministro que más tiempo permaneció en el cargo. Luego de la vacancia del presidente de la república, ambos tuvieron un acercamiento, conforme crecía el movimiento de solidaridad con Castillo preso. En 2026, Sánchez se caló el sombrero castillista, e hizo campaña siguiendo la huella de la de 2021. Así, logró su mejor resultado entre las poblaciones rurales, aquellas con menos acceso a los grandes medios de comunicación y a internet, es decir ciudadanos que presentan un mayor arraigo con sus comunidades, su tierra, y sus modos de vida originarios.
El castillismo no es un grupo político con nortes claros; es un sentimiento, una emoción identitaria reivindicativa que solo las izquierdas son capaces de asumir, pues las derechas no lo hacen, por racismo y exclusión centralista centenaria. Lo que es un punto clave.
Sánchez tiene ahora el desafío de convocar a una extensa y heterogénea multitud, más allá de su actual convocatoria, multitud capturada por la lógica del sistema predominante, pero marginada por las élites limeñas de las que se declara rebelde, multitud poblada de múltiples sensibilidades, y que no ha votado por él.
Pero quizá lo más interesante, aunque obviamente no acapare titulares, es que el porcentaje de votos blancos y viciados –considerados nulos para el conteo– obtuvo 16,6%, por encima de los dos candidatos que pasan a segunda vuelta. Si los votos blancos y nulos fueran una candidatura, disputarían la presidencia.
La derecha grita “fraude”, pero el fraude........