Una cena de Navidad: 1835

El 27 de diciembre de 1835, los lectores londinenses del semanario Bell’s Life in London pudieron disfrutar de una entrega más de los Sketches by Boz (‘Bosquejos de Boz’), una colección de artículos por entregas que pretendía retratar con humor el día a día de la sociedad victoriana. Boz era un joven escritor de veintitrés años que más tarde se granjearía fama mundial ya con su nombre real: Charles Dickens. 

En Una cena de Navidad (relato que les ofrecemos a continuación por primera vez en español tras 190 años desde su publicación original), Dickens inaugura su ciclo de literatura navideña –ya que es su primer escrito con esta temática– y se perfila como narrador casi fotográfico de la cotidianeidad decimonónica y firme defensor de la Navidad. 

Dickens es un narrador casi fotográfico de la cotidianeidad decimonónica y firme defensor de la Navidad

Y no es de extrañar. Desde principios del siglo, y como consecuencia de la Revolución Industrial, la celebración estaba de capa caída. Era una festividad de carácter privado, y en los barrios más pobres de Londres el ya escaso ambiente festivo se veía todavía más difuminado debido a la carestía y la precariedad. Muchos tenían que trabajar los días 24 y 25, y las celebraciones se volvieron más humildes. Un ave como un pequeño capón, pavo o ganso tenía que bastar para dar de cenar a toda la familia. El punto álgido de la fiesta llegaba cuando se quemaba el pudin con licor, pues su calor encendía los corazones de aquellos reunidos a su alrededor. 

Dickens había experimentado todo esto de primera mano: su padre acabó en la cárcel por culpa de las deudas y la familia se mudó allí con él para ahorrar en gastos. Desde la temprana edad de doce años, el pequeño Charles empezó a trabajar en una fábrica de betún y esa experiencia traumática marcaría no solo su compromiso social a través de su obra posterior, sino también la visión idílica de la Navidad como un momento de alegrías, reencuentros, caridad y esperanza. El autor fue un gran contribuyente –si no el creador– de lo que hoy conocemos como “el espíritu navideño”. 

El siguiente texto, casi 200 años después, invita a lectores actuales a fijarse en las similitudes –¿no se parece la reunión familiar en casa del tío George a la que mucho tendremos estas fiestas llena de reencuentros, algarabía e incluso reconciliaciones?– y a reflexionar sobre las aparentes diferencias, pues rara y ciertamente anticuada es la casa donde hay criados, sí, pero cocineros, camareros, dependientes y riders harán horas extra estos días. 

Quizá, tras leer este breve cuento, ustedes también se empapen del espíritu navideño y quieran, como sus protagonistas, aprovechar estos días para celebrar, a pesar de todo, unas felices fiestas. 

Una cena de Navidad: 1835

Solo a un auténtico misántropo dejaría de llenársele el pecho de un sentimiento de jovialidad ante la llegada de la Navidad

¡Ya es Navidad! Solo a un auténtico misántropo dejaría de llenársele el pecho de un sentimiento de jovialidad y de despertársele en su mente recuerdos gratos ante la llegada de la Navidad. Hay quienes dicen que la Navidad ya no es lo que era, que cada Navidad que pasa se apaga o se desvanece una valiosa esperanza, una feliz ilusión del año anterior. Para ellos, el presente solo es un recordatorio de su situación precaria y de sus ingresos mermados, de los festines que antaño ofrecían a amistades vacuas. En la adversidad y la desdicha, no reciben más que miradas frías. No hagas caso de esos lúgubres recuerdos. Son pocos los hombres que han vivido lo suficiente a quienes no asalten este tipo de........

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