Necesidad de protección y Policía

A las izquierdas nos queda pendiente un debate profundo sobre el tema de la seguridad y la protección. El economista y ambientalista chileno Manfred Max Neef, en su obra Desarrollo a escala humana, nos da algunas claves que pueden guiar ese debate. Distingue entre necesidades y satisfactores. Entre las nueve necesidades básicas que él recogía entre distintas culturas se encuentra la protección. Es una de las necesidades universales, junto con subsistencia, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Cualquier persona, de cualquier sociedad, necesita, para su bienestar, sentirse segura, protegida.

Ahora bien, otra cosa es cómo cada grupo humano satisface esa necesidad, lo que Max Neef llama “satisfactor”. Los bienes, organizaciones, estructuras políticas… que una persona o una sociedad destina a cubrir las necesidades. Un chaval que entra en una banda, porque se siente desprotegido en la calle, en la que pasa solo toda la tarde mientras su madre trabaja en horarios interminables, busca la banda para satisfacer su necesidad de pertenencia y también de protección. En el caso de una mujer mayor, sin red familiar, un buen centro de salud gratuito, con una doctora que la conoce de siempre y la escucha, satisface, en parte, su necesidad de protección.

La estructura policial es uno de los satisfactores que las sociedades occidentales han generado para cubrir la necesidad de protección. Sin embargo, ¿es el satisfactor que mejor cubre esa necesidad? ¿Protege a todo el mundo por igual?

Fernando VII creó la Policía General del Reino en 1824. Los estudios del historiador Juan Luis Simal vinculan esta organización a la represión y contención de los liberales

Fernando VII creó la Policía General del Reino en 1824. Los estudios del historiador Juan Luis Simal vinculan esta organización a la represión y contención de los liberales

En la sociedad española del capitalismo incipiente, Fernando VII creó la Policía General del Reino en 1824. Los estudios del historiador Juan Luis Simal vinculan esta organización a la represión y contención de los liberales, así que surge con una fuerte vocación de control social, de servir a los intereses del poder, de evitar la sedición y de proteger, especialmente, la propiedad privada. En el orden colonial, las estructuras policiales ejercían un control que regulaba la vida de las personas racializadas e indígenas, especialmente en regiones esclavistas como Cuba, para disciplinar a las poblaciones cada vez más empobrecidas en contextos de acumulación de riqueza por extractivismo, tal como explica Aitor Jiménez.

Tras numerosas disoluciones y refundaciones, muchas encaminadas a contener los avances del anarquismo y del movimiento obrero, en 1941, bajo las órdenes de Franco, nacen dos nuevos colectivos policiales: el Cuerpo General de la Policía, de carácter civil, cuya misión es “la información, investigación y vigilancia” y otro uniformado, de carácter militar, que es el “encargado de la vigilancia total y permanente, así como de represión cuando fuere necesario”. Nuevamente, se incide en el control social y la protección, no de los intereses generales, sino del statu quo. Es de sobra conocido el papel de la Policía como brazo de represión y tortura en la dictadura.

Se remodelan ambos cuerpos en 1978 y 1986, momento en que nuestro país se dota de unos cuerpos de seguridad que tienen como misión mantener el “orden constitucional”. Sin embargo, se constata una jerarquía entre unos artículos y otros de la Constitución: el cumplimiento del artículo 33 (derecho a la propiedad privada) parece mucho más importante que el del artículo 47 (derecho a una vivienda digna y adecuada) como muestra que es la Policía la encargada de desahuciar a las personas en beneficio de los grandes tenedores. 

A nuestros ojos, la institución policial es lo que Max Neef llamaría un “pseudosatisfactor”, es decir, un recurso que cubre la necesidad solo en apariencia

A nuestros ojos, la institución policial es lo que Max Neef llamaría un “pseudosatisfactor”, es decir, un recurso que cubre la necesidad solo en apariencia

Volviendo a Max Neef, a nuestros ojos, la institución policial es lo que el economista chileno llamaría un “pseudosatisfactor”, es decir, un recurso que cubre la necesidad solo en apariencia. Por imposición cultural, crea una falsa sensación de protección, que a su vez, impide otros modos menos costosos y más horizontales, otras formas comunitarias y participativas, de cubrir verdaderamente la necesidad de protección. La institución policial pone la seguridad en manos de unos pocos, que hegemonizan la violencia legítima, y la concibe de una forma jerárquica, externa, que nos quita a la ciudadanía la posibilidad de generar nuestras propias formas de protegernos. Es decir, impide que creemos lo que el chileno llama “satisfactores sinérgicos”, que cubran más de una necesidad a la vez. Potencia la sensación de peligrosidad, para poder, después, ofrecerse como solución a los problemas. ¿Por qué poner, si no, las sirenas por la noche? Las luces azules son suficientes para aligerar el tráfico nocturno. ¿Por qué entonces en los barrios del sur de Madrid escuchamos sirenas de madrugada? No hay una razón práctica, pero sí hay una razón simbólica: esas sirenas nos transmiten la sensación de “peligro”, de que hay delincuencia; a la vez que nos recuerdan que la Policía, una vez más, está haciendo su trabajo. Estas sirenas se suman a las series de policías, a los tertulianos chillones que opinan (y generan opinión) sobre okupación, sobre inseguridad… o a la sobreexposición en los medios de noticias escabrosas y de sucesos. 

Además, esa falsa sensación de protección impide cubrir otras necesidades, las inhibe, convirtiéndose en un “satisfactor violador”, especialmente en el caso de las personas racializadas o de las identidades disidentes. La institución policial dificulta a estas personas cubrir la necesidad de libertad o de pertenencia. Serigne Mbayé ha sido identificado dos veces en la puerta de su casa, en menos de año y medio, “porque ha habido un aviso de que había dos personas merodeando”. Este es un acto racista y coarta su libertad. Ninguno de los otros catorce vecinos varones blancos, de edades similares a las de Mbayé, ha sido identificado en los seis años que llevan en el edificio. Pudiera decirse que hay más delincuentes de piel negra, pero sabemos que no es cierto: en 2024, los robos documentados cometidos por españoles (las estadísticas no especifican color de piel) fueron 16.183. Los cometidos por africanos computados (como si África fuera un solo país), 6.137. Si tenemos en cuenta que es altamente probable, por la praxis policial, que haya más delitos sin resolver de personas blancas que no blancas… nuestros vecinos blancos, con los datos en la mano, son más sospechosos que Mbayé. Sin embargo, nunca han sido identificados. ¿Por qué? Una explicación posible es que, para un policía, el fenotipo blanco admite muchos más matices que el negro. Un hombre blanco, de cincuenta años, puede llevar una gorra roja, pantalones verdes, gafas, ser alto, corpulento… porque se entiende que un hombre blanco es distinto a otro. En cambio, un hombre negro… es negro, y con eso vale. Esto es racismo.

Es funcional para el sistema capitalista y para el pseudosatisfactor mantener el estereotipo de que las personas racializadas son peligrosas

Es funcional para el sistema capitalista y para el pseudosatisfactor mantener el estereotipo de que las personas racializadas son peligrosas

Otra explicación de por qué Mbayé es identificado y no sus vecinos, que no es incompatible con la anterior, es que es funcional para el sistema capitalista y para el pseudosatisfactor mantener el estereotipo de que las personas racializadas son peligrosas. Si como viandante blanca un día sí y otro también veo cómo las paran en el metro, en sus barrios… acabo interiorizando que “algo habrán hecho”, y tendré más suspicacias a la hora de alquilarles un piso, de contratarles legalmente… lo que las empuja a un mercado irregular de vivienda y a un nicho laboral mucho más precario, que es innegablemente positivo para el capital, que se aprovecha de esa vulnerabilidad.

Para que el sistema capitalista funcione, es necesario que haya una masa de personas al borde de la exclusión, siempre al margen. Esta gestión policial favorece un imaginario en el que los pandilleros, los gitanos, los musulmanes, los negros, los latinos… como grupo, como alteridad sin individualizar, son el margen, el “sospechoso” del que nos tiene que defender alguien externo. Este pseudosatisfactor fomenta la división entre la clase trabajadora, y contribuye a que socialmente nos preocupe más la delincuencia “pequeña” que la corrupción a gran escala u otras prácticas legales pero reprobables e ilegítimas, como la especulación con la vivienda o las mascarillas, o la privatización de la sanidad, muchísimo más dañinas y peligrosas en términos de cuantía económica y de vidas, que el robo de un coche o el menudeo. 

Pareciera esperable que una institución creada en el s.XIX, y con cuarenta años desde su última gran revisión, tenga muchos aspectos mejorables. No sorprende que, como cualquier otra estructura estatal, sea racista, machista… como era la sociedad del momento en que fue creada y/o remodelada. Es totalmente comprensible. Lo que no lo es a estas alturas es que, ya después de casi cincuenta años de institucionalidad democrática, se niegue la evidencia y se obstruya la revisión crítica de la Policía. Debemos cuestionar no solo cómo funciona, sino la propia institución. A las izquierdas nos toca debatir y repensar qué estructuras debemos generar que realmente cubran la necesidad de protección, a la vez que la de libertad, participación y pertenencia de todas las personas, no solo de la hegemonía blanca. 

Berta Iglesias Varela pertenece a Ecologistas en Acción y es vecina de Serigne Mbayé.


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