Frenar el fascismo

La preocupación es legítima y compartida: ¿cómo frenar la llegada al poder del trumpismo a la española? Vox crece en encuestas y resultados electorales regionales, la posibilidad de un gobierno PP-Vox en las próximas elecciones generales es una amenaza real en el horizonte.

Es una evidencia que la vida se ha hecho más dura y difícil en los países donde a día de hoy gobierna una opción ultraderechista (EEUU, Argentina, Hungría o Italia), sobre todo para los sectores más vulnerables (trabajadores precarizados, minorías, migrantes). Ajuste intensificado, menos protecciones, más desigualdad, más hostilidad.

Es preciso ser muy claros aquí: no todo es lo mismo, hay matices y diferencias de las que depende la vida de mucha gente. Pero no se trata de elegir el mal menor. El único “malmenorismo” indeseable es dejar de pensar. Antifascismo frente al fascismo que viene, por supuesto, pero ¿qué es lo que viene, cómo viene? ¿Y si en cierta forma ya estuviera aquí?

La espuma y la ola de fondo

Cuando en los debates recientes de la izquierda se habla de “frenar el fascismo”, es habitual plantear la pelea en dos planos: electoral y comunicativo. Se discute sobre las posibilidades de articulación electoral de la izquierda (“frente”, “unidad”, “bloque”). Se debate sobre cómo contrarrestar la propaganda ultraderechista: sus bulos, sus marcos de sentido, sus explicaciones del mundo. Son los dos temas clave de la llamada “batalla cultural”.

Lo que queremos plantear aquí, sin embargo, es que el avance de las ultraderechas es una ola de fondo, conectada con las condiciones de vida actuales. Sin tener esto en cuenta tanto en el pensamiento como en la acción, se corre el peligro de disputar una punta de iceberg.

La eficacia de las opciones ultraderechistas está vinculada a su arraigo en tendencias de fondo

La eficacia de las opciones ultraderechistas está vinculada a su arraigo en tendencias de fondo

La eficacia de las opciones ultraderechistas está vinculada a su arraigo en tendencias de fondo. La subjetividad con la que sintonizan –percepción, valores, afectos– se produce en la vida social antes de que empiece la disputa electoral o comunicativa. La llamada “batalla cultural” no crea ese terreno: se libra sobre él.

La ultraderecha no gana en las urnas ni en las redes: gana antes, en las condiciones de vida que moldean nuestras percepciones y afectos.

No se trata de desestimar la batalla cultural, sino de tomársela en serio. Eso significa no reducirla al conflicto electoral o comunicativo, sino articularla con intervenciones en otros planos de la vida social, con otros tiempos y en otros espacios. De lo contrario, el antifascismo quedará atrapado en una posición reactiva y defensiva, automática y superficial, destinada tarde o temprano a la derrota. La alarma moral, la movilización puntual, la apelación al voto porque “viene el lobo”.

Las corrientes de fondo

Al debilitar los Estados de bienestar, elevar la competencia a categoría de “nueva racionalidad” y convertir la vida en una serie de riesgos individuales que deben ser gestionados en solitario, el neoliberalismo ha producido un vasto archipiélago de desarraigos y miedos. El malestar fraguado por cuatro décadas de hegemonía neoliberal no es un mero telón de fondo: es el sustrato, la tierra abonada de precariedad sobre la que florecen los discursos ultraderechistas.

Podríamos identificar, al menos, cuatro “corrientes de fondo” de la gran transformación neoliberal. La primera, la más obvia pero no por ello menos devastadora, sería el brutal aumento de las desigualdades. El neoliberalismo prometió un efecto de derrame de riqueza que nunca llegó; en su lugar, hemos asistido a una monumental transferencia de renta hacia las élites, creando una sociedad de ganadores y perdedores donde la movilidad social se ha convertido casi en una quimera.

Esta brecha no solo es económica, sino también territorial y simbólica, y genera un profundo sentimiento de injusticia y desposesión que la extrema derecha ha sabido explotar hábilmente, dirigiendo la ira no hacia las élites financieras, sino hacia los de abajo, hacia los migrantes o hacia un Estado percibido como secuestrado por los poderosos.

En segundo lugar, y estrechamente ligada a lo anterior, estaría la cuestión de la “inseguridad”. Pero no nos referimos únicamente a la inseguridad ciudadana, sino a una inseguridad social mucho más amplia y difusa. Se trata de la inseguridad de quien tiene un contrato precario, de quien no sabe si podrá pagar el alquiler a fin de mes, de quien ve cómo sus servicios públicos se degradan, de quien vive permanentemente endeudado porque la nómina no alcanza. El miedo a la caída social.

Esta inseguridad existencial genera un ansia de protección, de que alguien o algo ponga orden en mitad del caos. La extrema derecha ofrece respuestas: más policía, más mano dura, cierre de fronteras. Vende la ilusión de un control férreo sobre un mundo que se percibe como ingobernable. Cuando la inseguridad es estructural, la política del chivo expiatorio se vuelve más plausible. Cualquier alteridad se experimenta como amenaza competitiva: el migrante, la mujer como “privilegiada”, la diversidad como “coste”.

La tercera transformación, más sutil pero igual de poderosa, sería la disolución de los tejidos comunitarios. El imperativo neoliberal de “empresarialismo de la vida”, junto con la digitalización de la existencia, han erosionado los lazos vecinales, sindicales y asociativos que antaño proporcionaban identidad y apoyo mutuo. En esta atomización, las frustraciones no se elaboran colectivamente, no hay narrativas compartidas de conflicto, se pierde la experiencia concreta de la cooperación. Las identidades abstractas (nación, cultura, “normalidad”) se vuelven refugio. La ultraderecha, como contrapartida, ofrece pertenencias claras, fronteras definidas, culpables identificables.

Por último, no podemos obviar tampoco los cambios en las “masculinidades hegemónicas”. Las dificultades cada vez mayores para obedecer el mandato de masculinidad, el avance del feminismo y de las reivindicaciones LGTBIQ+ en las últimas décadas, han supuesto una crisis radical de los roles de género tradicionales. Esto ha generado una reacción virulenta, una nostalgia de un orden patriarcal percibido como más estable, donde la identidad masculina no era problemática.

La extrema derecha, con su exaltación de la fuerza, la virilidad y el orden familiar tradicional, se presenta como el refugio de esos hombres que se sienten desplazados, humillados o “desorientados”. Ofrece la restauración de un privilegio perdido, canalizando esa frustración hacia la política con una violencia discursiva y, a menudo, física.

El neoliberalismo instaló la noción de la “vida-empresa”, la obligación del rendimiento, la comparación constante, la identidad como marca. Eso generó una subjetividad hipersensible al reconocimiento, resentida ante cualquier percepción de agravio y vulnerable a narrativas de desplazamiento (“ahora los hombres blancos ya no importan”). La extrema derecha explota esa herida narcisista: “te están quitando tu lugar”, “los otros reciben privilegios”, “tú eres el olvidado”. Y esa herida narcisista encuentra en las masculinidades un territorio fértil donde propagarse.

Miedo, individualización, guerra de todos contra todos, humillación. Estas fracturas reales, actuando simultáneamente, configuran el terreno afectivo sobre el que los discursos ultraderechistas pueden arraigar.

Transformar el sentido del malestar

El desafío de nuestro tiempo implica tanto señalar (y comprender bien) el malestar (que está ahí, palpable, en las conversaciones de ascensor y en las salas de espera de los centros de salud), como transformar su sentido. ¿Podemos tomarnos en serio el malestar social sin aceptar su traducción reaccionaria?

El progresismo clásico parece considerar la derechización del malestar una especie de alucinación colectiva causada por una sobredosis de bulos y polarización en redes sociales. Claro, si “la economía va como una moto” y el gobierno de coalición lo está haciendo fantásticamente bien, sólo cabe pensar que el enfado y la rabia son producto de una intoxicación informativa, una manipulación emocional, un error cognitivo. Para este diagnóstico, el descontento es cosa de brutos, de ignorantes, de borregos. Esta posición de superioridad, ostensible en tantos gestos y discursos progresistas, alimenta más aún el resentimiento que la derecha explota.

Por otro lado, están quienes –como Gabriel Rufián o Emilio Delgado– sostienen que hay que mirar de frente las realidades incómodas, asumir una revisión autocrítica de la izquierda y recuperar la capacidad de interpelar a las mayorías sociales, más allá de los ya convencidos. El diagnóstico acierta de lleno en el problema fundamental de la época: la desconexión entre la izquierda (su discurso, sus propuestas, sus tonos) y el malestar social.

Pero queremos señalar ahora dos problemas de estos discursos para seguir el debate al que nos invitan, de buena leche.

El barrio está dislocado, la clase está precarizada, la nación es heterogénea

El barrio está dislocado, la clase está precarizada, la nación es heterogénea

El primero es lo que podríamos llamar la tentación identitaria. El capital deshace los tejidos comunitarios vinculados al trabajo y a los lugares de vida, la inquietud política resultante es comprensible: “¿desde dónde operar, reorganizar?”. La tentación es apelar a identidades que funcionen como trinchera defensiva ante las corrientes de fondo antes descritas: el barrio, la clase, la nación.

El problema es que esas mismas identidades están ya atravesadas por las mutaciones a las que se pretende resistir. El barrio está dislocado, la clase está precarizada, la nación es heterogénea. Un marco identitario simplificado o reduccionista arriesga a asumir falsas polarizaciones (entre lo cultural y lo material), jerarquías entre las luchas y ficciones sociológicas (la clase trabajadora homogénea).

El segundo es una traducción literal del malestar. En las ganas de ampliar las interpelaciones de la izquierda, el riesgo es tomar el malestar tal cual aparece, aceptar las explicaciones que este se da a sí mismo: explicaciones que vinculan inseguridad y migración, desorientación masculina y feminismo, hostilidad hacia la diferencia, reivindicación de orden y certezas. Algo así como: “La gente tiene razón cuando dice que hay demasiados migrantes en el barrio, que las feministas se han pasado tres pueblos, que el cole de nuestros hijos ya no es lo que era porque hay niñas con hiyab o con nombres raros”.

La primera posición (progresista) niega el malestar, la segunda corre el riesgo de fijarlo en su objeto aparente. Pero ninguna lo trabaja. No basta con desmentir los relatos reaccionarios; tampoco con asumirlos parcialmente para “reconectar” con la gente. El malestar no es una alucinación ni una verdad revelada. La cuestión política es transformar el sentido de ese malestar.

La interpretación “hacia adelante”

No se trata sólo de escuchar, literalmente, el malestar, individual o colectivo, sino de interpretarlo. El síntoma habla, pero no dice la verdad de forma directa. Como nos enseña el psicoanálisis, lo que se dice no coincide con lo que significa. Hay una distancia entre lo que se dice y lo que podemos pensar de lo que se dice. Esa distancia es el espacio para la interpretación.

La interpretación (lo que podría pensarse de lo que se dice) es un ejercicio “hacia adelante”. Escucha y acoge, conversa y elabora. Crea, en conversación con el sujeto, un nuevo sentido, una nueva narrativa, una nueva verdad sobre lo que le ocurre. No la verdad objetiva o literal, la de los datos o la evidencia inmediata, sino una verdad que se construye.

La interpretación desplaza los sentidos, las preguntas, las palabras. Puede hablar de miedo en lugar de inseguridad. Puede preguntarse no tanto “¿quién me amenaza?” sino “¿qué me precariza?”. Puede encontrarse a sí mismo implicado en el relato, como sujeto responsable y no sólo víctima de lo que sucede.

Podemos tomar el ejemplo de Mamdani. La reinterpretación de los malestares de los ciudadanos de Nueva York en el eje de la “asequibilidad” y en el deseo positivo de “abundancia”, a través de un proceso de escucha puerta a puerta y de reconexión de los afectos mediante la conversación, permitió proponer finalmente un nosotros inclusivo: el nosotros de la asequibilidad como imagen de buena vida.

Interpretar hacia adelante significa acoger y escuchar, tomarse en serio el sufrimiento social, no verlo como una manipulación, un error a corregir con buena pedagogía, interrogar la experiencia masiva de soledad, humillación y desesperación, sin dar por buenas necesariamente sus explicaciones, sus conexiones, sus asociaciones, sino proponiendo otras al diálogo, produciendo nuevos sentidos. Una política de la impureza, en la zona gris de la sociedad.

Escuchar sin absolver, comprender sin justificar. Tomar ese malestar, esa incomodidad, esa mezcla rara de miedo y rabia, y decir: “Vale, esto duele. Vamos a ver de qué duele realmente”. La política, al fin y al cabo, no es solo dar respuestas; se trata también de ayudar a formular colectivamente bien las preguntas. Y hoy, más que nunca, necesitamos preguntas que nos vuelvan a juntar.

¿Un nuevo proyecto histórico?

Recapitulando: las ultraderechas arraigan hoy en tendencias y corrientes de fondo. Un antifascismo consecuente no puede limitarse a los tiempos de la urgencia y las peleas de superficie, sino transformar el terreno mismo. Esa transformación exige articular tres tiempos a la vez: el tiempo largo de una revolución cultural y de las mentalidades, el tiempo medio de una renovación institucional, el tiempo corto de la batalla comunicativa y electoral.

El desafío estratégico es trenzar estos tres tiempos en una estrategia compleja, con una pluralidad de actores, tiempos y espacios. La imagen clásica del “bloque histórico” no nos sirve aquí. Bloque suena a muro de contención frente al peligro. El muro frente a la ola. Pero la ola está pasando ya por debajo del muro. No sólo hay que defender lo que merece la pena ser defendido, sino que recrear, que reinventar, que retomar la iniciativa. Podríamos hablar entonces mejor de un nuevo proyecto histórico.

No volver atrás o resistir en trincheras identitarias, sino crear lo nuevo. Barrios que se reinventan con los que llegan, clases que se reinventan en las transformaciones del trabajo, masculinidades que se reinventan a partir del malestar y las ganas, en el marco de un proyecto complejo de transformación de lo existente, equivalente a lo que en el siglo XX se llamó socialismo o comunismo.

¿Una apuesta por la utopía frente a la melancolía de izquierdas? Sí, pero a condición de redefinir utopía más allá o por fuera de los estereotipos. La utopía no son modelos ideales de futuro hacia los que tender, sino un impulso hacia lo nuevo a partir de las potencialidades del presente. El malestar es sin duda una de esas potencialidades, de esos resortes o palancas, porque nos habla de lo que no funciona, de lo que falta, de lo que duele.

Interpretar utópicamente esa energía de negatividad es hacerlo hacia adelante: no como demanda de restauración de lo que supuestamente fue, sino como deseo de lo que aún no es, lo que aún está por hacer, por crear. Invitarnos a votar, mediante un recambio de líderes y diseño de campaña, en el mejor de los casos puede movilizar una momentánea ilusión. Pero poder contribuir a una creación colectiva activa el deseo.

Frente a la resignación y la melancolía, la política que acepta el mundo tal y como es con algún pequeño ajuste y la política que sólo sabe mirar atrás, la tarea es abrir un camino nuevo que solo puede hacerse al andar.

Amador Fernández Savater imparte el taller en línea Leyendo a Rita Segato. Desmontar el mandato de masculinidad: violencia, poder y pedagogías de la crueldad los días 16, 17 y 18 de marzo.


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