Observar y escuchar |
No es el autor de estas líneas, bajo ningún concepto, uno de los grandes fanáticos entre los cientos de millones que existen de Spielberg y su cine. Y no precisamente porque su cine carezca de valores narrativos, de ambición conceptual o de grandes títulos, más bien porque ha subordinado gran parte de su carrera a la búsqueda de un enriquecimiento material que, a la postre, ha conseguido con creces, y que paradójicamente ha empobrecido, al menos parcialmente, una carrera que podría haber sido aún más brillante. Pertenece por derecho propio a la generación llamada Nuevo Hollywood, que capitaneó Francis Ford Coppola y en la que ejercieron de lugartenientes Martin Scorsese, John Milius, George Lucas y Brian De Palma, y ya pocos pueden dudar de que es, con mucho, uno de los directores más famosos de la historia del cine. Puedes no haber visto ninguna de sus películas, pero sabes perfectamente quién es y su preeminencia en el cine. Pocos –o ningún otro director– han ostentado un poder semejante en la industria cinematográfica estadounidense.
A menudo, en pos de esa necesidad de ganarse el siempre resbaladizo favor del público, este gran cineasta ha caído en un sentimentalismo que no pocos le han reprochado, y se ha entregado a adaptaciones de dudoso alcance poético o de limitado alcance aventurero. Tras su muy exitosa primera mitad de los ochenta, quiso demostrar que era capaz de hacer algo más que Indiana Jones o E.T. y comenzó a dirigir melodramas, o dramas históricos y bélicos, con los que ampliar su rango expresivo y convertirse en un digno heredero de David Lean, Raoul Walsh o Frank Capra, a los que tanto venera. Lo consiguió algunas veces –El color púrpura (The Color Purple, 1985), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), Atrápame si puedes (Catch Me If You Can, 2002)– y se quedó a mitad de camino en otras –El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987), Always (1989), La lista de Schindler (Schindler’s List, 1993), Amistad (1997)–, pero en paralelo desarrolló una carrera muy interesante en el problemático y complejo territorio de la ciencia ficción. Desde que era un niño, época en la que buscaba objetos voladores no identificados en la noche estrellada de Phoenix (Arizona), está obsesionado con la vida extraterrestre, y ha dedicado cuatro películas a esta obsesión: la aventurera y obsesiva Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977), la emotiva y personal E.T. (1982), la terrorífica y apocalíptica La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005), y finalmente la que acaba de estrenarse con una muy interesante e ilustrativa polarización de opiniones, la arriesgada, personal y extraña El día de la revelación (Disclosure Day, 2026). Que esta película de ciencia ficción paranoica haya llegado justo ahora, y que haya sido objeto de tantas críticas feroces no es casualidad.
Los que han buscado en ella los sabores y las texturas de Encuentros en la tercera fase o de E.T. han salido vivamente decepcionados
Los que han buscado en ella los sabores y las texturas de Encuentros en la tercera fase o de E.T. han salido vivamente decepcionados
Los que han buscado en ella los sabores y las texturas de Encuentros en la tercera fase o de........