El Carnaval y sus cifras |
El Carnaval boliviano se va cerrando después de un par de semanas intensas, que comenzaron en municipios de Chuquisaca (Presto) y Potosí (con la denominada “Bajada del Tata Q’aqcha” y el Carnaval Minero). En general, suele trivializarse, pero no se trata de una simple actividad de diversión y desenfreno, sino que tiene componentes económicos dignos de considerar. Hay, tristemente, otras cifras que son las luctuosas y que, con algunas diferencias, se repiten año tras año.
Los días fuertes del Carnaval se vivieron entre el sábado 14 y el martes 17 de febrero, en el fin de semana largo más conocido del país. Por los días de inactividad laboral, mucha gente opta por viajar en esos días, lo que determina un movimiento económico que obviamente beneficia más a las regiones receptoras de visitantes.
Una vez más, para los turistas del exterior, la fiesta más atractiva fue la de Oruro y, precisamente por eso, hacen sus reservas con tiempo; y, si se trata de pasajes aéreos, los adquieren con una anticipación de meses. Debido a esa previsión, ellos no sintieron los efectos del incremento en los precios de este servicio. Tomando en cuenta este detalle, el “tarifazo” en el transporte aéreo, al menos para los visitantes extranjeros, no afectó significativamente al Carnaval orureño.
Donde sí tuvo efecto es en Santa Cruz, cuyo carnaval se cuenta como un atractivo para el turismo interno. Para los habitantes del occidente, la mejor manera de viajar a la capital oriental era por vía aérea, con lo que dicho aumento de tarifas pudo haber desanimado a mucha gente. De ser así, se confirmaría la necesidad de revisar los incrementos en los precios de estos pasajes.
El Carnaval de Oruro mueve millones, pero no solo por la venta de espacios para presenciar el paso de las fraternidades, sino también por las recaudaciones en hotelería, pago de membresías, alquiler o compra de trajes, costo del servicio de bandas de música y un largo etcétera. El mismo fenómeno —aunque en menor escala— se reproduce en las demás entradas folclóricas del país: Gran Poder, Urkupiña, Virgen de Guadalupe y Ch’utillos, por ejemplo, junto con las ya nombradas fiestas de Santa Cruz (‘fiestas’ porque son varias, incluso antes de la celebración grande, con sus famosas “precarnavaleras”).
En 2022, las asociaciones de fraternidades y conjuntos folclóricos del país, reunidas a convocatoria del entonces Ministerio de Culturas, presentaron un documento titulado “Estadísticas Folklóricas” en el que se afirmaba que las fiestas patronales de Bolivia movían alrededor de 5.000 millones de dólares anuales.
De ser así, esa extraordinaria cifra confirma que no todo es frivolidad ni pura diversión en el Carnaval. Alrededor de este evento giran intereses económicos que, dependiendo de cómo sean manejados, podrían tener efectos significativos en el futuro del país, si hubiera una mejor planificación del Gobierno en conjunto con todos los actores involucrados.
La parte menos agraciada de los carnavales en Bolivia se la llevan los crímenes y los accidentes de tránsito. Invariablemente, los medios de comunicación tienen que informar, todos los años, de muertes por lo general provocadas al calor del consumo exagerado de alcohol o de otras que se producen en las carreteras.
Tanto las cifras económicas como las que cuentan fallecidos y heridos merecen acciones políticas urgentes para reducirlas. En particular, el Gobierno y las entidades subnacionales deben encarar un trabajo serio —efectivo— para evitar más feminicidios, sobre todo, en los primeros meses del año y originadas en el libertinaje por el Carnaval.