Nuestro eterno retorno al estado de naturaleza
“Prefiero cometer una injusticia antes que tolerar el desorden”, decía Goethe. En tanto Santo Tomás sostenía que la ley humana debía ser obedecida aun cuando no fuera del todo conforme con el bien común, es decir, aunque constituyera un daño “por razón de la conservación del orden”.
Las máximas goethiana y tomista son apreciaciones del orden no como fin de la fuerza, sino como un valor en sí mismo, previo a la justicia. El orden proporciona los mecanismos, las garantías y las normativas necesarias para que la sociedad pueda convivir y dirimir sus conflictos.
Rousseau planteó, en contraposición a Thomas Hobbes, un estado primitivo -anterior a la invención de la propiedad privada y la división del trabajo, que forzaron la creación de normas sociales-, en el que los humanos eran libres e independientes (“libres de cadenas políticas o morales”). Un estado pacífico por no estar sometido a una soberanía, a un orden impuesto.
Menos idílico, el estado de naturaleza en Hobbes no era un asentamiento hippie del poder de las flores, sino un campo de guerra de todos contra todos; “una condición constante y violenta de competencia en la que cada individuo tenía un derecho natural a todo, independientemente de los intereses........
