La caída de Maduro y el retorno del realismo descarnado |
El autor de esta columna pone el acento en la forma en la que actuó Estados Unidos en Venezuela. Ante esta «transparencia brutal», señala que «celebrar públicamente la caída de Maduro puede parecer moralmente satisfactorio, pero ¿qué señales envía a las potencias que ahora deciden soberanías ajenas sin consultar a nadie? ¿Qué capacidad de maniobra deja para el futuro? De igual forma, salir a condenarla sin más, en defensa de un derecho internacional que está muerto, no es muestra de coraje moral, sino la imprudencia de un niño».
Las imágenes de venezolanos celebrando la captura de Nicolás Maduro recorrieron ayer las redes sociales con una intensidad difícil de ignorar. En Caracas, en Madrid, en Santiago, en Miami, millones de personas experimentaron algo que parecía ya imposible: la esperanza de que su país devastado pudiera comenzar a reconstruirse. Esa alegría es perfectamente comprensible y legítima. Maduro presidió el desmantelamiento sistemático de una nación que alguna vez fue próspera, forzando al exilio a una parte considerable de su población. Ver su caída provoca un alivio humano elemental.
Pero la operación que condujo a su captura responde a una lógica que tiene poco que ver con ese alivio y mucho con realidades más frías. La administración Trump no intervino en Venezuela para liberar a su pueblo de un régimen despótico. Lo hizo porque ese país posee las reservas petroleras comprobadas más grandes........