Rica descansada

Siempre me he preguntado de qué descansaba Carolina de Mónaco. ¿De ser guapa hasta reventar? ¿De ser rica? ¿De una vida burbujeante? ¿De emperejilarse viva ... para ir al Baile de la Rosa? Son cuestiones ontológicas, dudas profundas sobre el sentido del ser que me asaltan desde niña cada vez que leo los titulares: Carolina, de vacaciones en Gstaad, en Saint-Tropez, en Cerdeña, en el Algarve. Carolina ha hecho de su existencia un sábado perpetuo, un elogio de la pereza.

Por Luis Aguilé, Carolina sabe que es una lata el trabajar, así que ni lo intenta. Lleva su desocupación con el mismo garbo con el que luce un Chanel, y lo del curro se lo pasa por el mismísimo grimaldi. Tendrá sus cuitas y sus pesares, pero, como dijo Ágatha Ruiz de la Prada, «un mal día para Carolina de Mónaco es un buen día para los demás». Ser una pobre niña rica es malo, pero ser una pobre niña pobre es fatal.

La superioridad moral de la monegasca reside en que no intenta convencernos de que trabaja. En cambio, si tú le dices a cualquier otra 'socialité' que no pega ni palo al agua, te araña la cara con sus uñas de manicura francesa. Ellas quieren aparentar que, además de beneficio, tienen oficio, mientras que las que nos ganamos el pan con el sudor de nuestra axila hemos de disimularlo: hay una nueva tendencia en maquillaje llamada 'cara de rica descansada'. Acabáramos. Se ve que la cara de curranta agotada ya no se lleva, ni tampoco la de desempleada desesperada, que es peor aún. Por eso, porque soy esclava de las tendencias y el corrector no me borra la fatiga, me he echado a la maleta dos hatos para pirarme tres días. Ni rica ni descansada, pero sí aireada. Rosa Palo, de vacaciones en Venecia. Ese es el titular.

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Agatha Ruiz de la Prada


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