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Una guerra como tantas otras

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07.04.2026

La guerra hace que el campo se empobrezca, los varones al mando se vuelvan estúpidos, los generales acaben sedientos de sangre, los pobres caigan en ... la temeridad y los vendedores de armas se enriquezcan. Parecen palabras escritas para ahora mismo, pero tienen ya más de veinticuatro siglos y se deben al comediógrafo ateniense Aristófanes. Las recuerda Victor Davis Hanson en 'A War Like No Other', su aleccionadora crónica sobre la guerra del Peloponeso, publicada en Estados Unidos hace más de veinte años, al calor de las invasiones de Irak y Afganistán, por entonces en su apogeo, pero que tampoco tiene desperdicio en los días de esta tercera guerra del Golfo desencadenada por la 'hybris' conjunta de Trump y Netanyahu, esos dos varones al mando que han decidido apostarlo todo al fuego y la furia.

Sobre la llamada guerra del Peloponeso, la contienda que enfrentó a Esparta y Atenas durante los últimos treinta años del siglo V a. C., la referencia básica son los atenienses Tucídides y Jenofonte. Su lectura, sobre todo la del primero, sirve como guía imperecedera para el análisis de ese impulso que el ser humano no acierta a erradicar y que le lleva a arremeter por las armas contra el semejante. Ambos son las fuentes principales de Davis Hanson, pero su recreación contemporánea, que completa con otros testigos del conflicto -como el mencionado Aristófanes o los trágicos Sófocles y Eurípides-, suministra claves que bien valdría la pena tener en cuenta en la encrucijada presente.

Ambos contrincantes, señala el autor, fueron a la guerra sin un plan real para destruir al enemigo, y los dos quedaron así atrapados en un conflicto que se prolongó durante décadas y que, si bien acabó a primera vista con la derrota de Atenas, fue determinante de su decadencia común en beneficio de Tebas, que supo mantenerse con inteligencia al margen de la carnicería. Esparta trató de doblegar a Atenas asolando sus campos, y no funcionó; los atenienses confiaban en la clara superioridad de su economía y su armada, y acabaron sin barcos y arruinados. No deja de llamar la atención que aquella guerra viniera acompañada en sus inicios de una epidemia que diezmó a los atenienses y los privó de su mejor líder, Pericles, para arrojarlos en manos de jefes inconscientes e impulsivos como Alcibíades o Cleón que con su arrogancia llevaron a su ciudad al desastre. De la pujanza de Atenas, que la ensoberbeció, vino su hecatombe, subraya el cronista.

Al final, todas las guerras se parecen: las desatan los insensatos, pero su factura recae sobre el resto.

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