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El fin de una civilización

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Entre las frases tremebundas que suele dejar el presidente Donald Trump, hay una que ya se ha hecho un hueco en el anuario que recordará ... lo mejor y lo peor -en este caso, claramente esto último- de 2026. Me refiero al momento en que su ultimátum a Irán fue acompañado de la advertencia de que toda una civilización podía desaparecer bajo las bombas si Teherán no aceptaba sus condiciones. Lo dijo sin inmutarse y en medio mundo nos fuimos a la cama temblando.

Después llegó un frágil acuerdo de paz temporal que está cogido con alfileres, pero lo cierto es que sí hubo una civilización que feneció quella noche. Y no fue precisamente la iraní: lo que murió en el mismo momento en que Trump soltó esas palabras fue la leyenda según la cual Estados Unidos era un paraíso de las libertades y un ejemplo a seguir por el resto de naciones.

Evidentemente Estados Unidos no es solo Trump pero si este señor habita en la Casa Blanca y gobierna a día de hoy casi sin contrapoder alguno, es por obra y gracia de sus paisanos. Fueron ellos quienes lo auparon al poder, con el añadido de que lo hicieron sabiendo quién era, cómo se las gastó en su primer mandato y lo mal que llevó el momento en que los votos no fueron suficientes para una segunda presidencia consecutiva.

Este 2026 EE UU cumple 250 años como nación soberana. No fue la primera democracia ni el primer país en contar con una carta constituyente que consagraba derechos, pero ha sido innegable su contribución a propagar por todo el mundo los valores de la libertad y el respeto al prójimo.

Precisamente todo eso es lo que liquidó Donald Trump con sus palabras esta semana y con los episodios bélicos que las precedieron.

Europa tiene su parte de responsabilidad en todo esto porque en el siglo XX hizo todavía mayor el poder de EE UU al requerir sus servicios para librarse del expansionismo nazi y ejercer de paraguas ante el estalinismo. Ahí el Viejo Continente dio alas a ese EE UU convertido primero en aliado, después en salvador y finalmente en gendarme protector. Pero entonces nos parecía impensable que aquel país a imitar mutase en lo que es ahora.

Por aquello de no hundirnos en el pesimismo, habrá que pensar que el sol siempre sale. Pero, mientras tanto, la noche en que nos ha sumido Trump con sus palabras es larga y dolorosa.

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