La importancia de los nombretes

Existen dos tipos de nombres de persona (sean comunes o propios) radicalmente distintos: nombres oficiales, formales o autorizados por el poder y nombres extraoficiales, oficiosos, no formales o no autorizados por el poder.

Los nombres de persona oficiales, formales o autorizados por el poder, constituidos por los llamados nombres propios (con nombre de pila y dos apellidos, como Miguel de Cervantes Saavedra o Josefina de la Torre Millares) y gentilicios detoponímicos (italiano, leonés, argentino o grancanario), tienen por función identificar objetivamente la persona aludida, sin la más mínima connotación axiológica o valorativa. Cuando hablamos de Miguel de Cervantes Saavedra o de italianos, por ejemplo, hablamos de personas concretas de forma neutra, sin ninguna consideración subjetiva. Precisamente por ello carecen los nombres propios y los gentilicios comunes de valor estilístico. Miguel de Cervantes Saavedra es nombre que designa un escritor español que nació en Alcalá de Henares (Madrid) y que escribió el Quijote, sin más; e italianos, nombre que designa a los naturales de ese país europeo que se llama Italia, sin ninguna connotación especial, por lo menos, en el discurso formal: v. gr., “Los italianos son gente muy viajera” o “El italiano Marco Polo trabajó al servicio del emperador de China”. Es verdad que, cuando los nombres propios se reducen al nombre de pila (Carmen, María o Antonio), el nombre de pila y un apellido (Antonio Machado o Rafael Alberti) o uno o los dos apellidos (Unamuno, García Lorca o Picasso), adquieren cierto matiz subjetivo de proximidad, pero aun así no pierden su carácter objetivo u oficial. Azaña, Lorca o María, por ejemplo, son nombres personales tan objetivos como Manuel Azaña Díaz-Gallo, Federico García Lorca o María Pérez Rodríguez.

Por el contrario, los nombres de persona extraoficiales, oficiosos, no formales o no autorizados por el poder, constituidos por los llamados hipocorísticos y nombretes (sobrenombres, motes, alias o apodos, en otros ámbitos del idioma), tienen por función no sólo identificar a la persona que designan, sino valorarla o tratarla de una u otra manera. Los hipocorísticos, que son meras transformaciones gramaticales (por ejemplo, Andresito, Juanona, Maruca, Nievillas o Ricardete) o fonéticas (por ejemplo, Yaya (de Candelaria), Lola (de Dolores), Pancho (de Francisco), Nacho (de Ignacio), Fafa (de Rafael), Pepe (de José), Peñi (de Peña) o Mila (de Milagros) del nombre de pila (pocas veces, del apellido), se refieren a la persona aludida de forma afectiva o cariñosa. Así, Juanona o Fafa, pongamos por caso, no se limitan a identificar a la persona que designan sin más, sino que se refieren a ella de forma afectiva, porque, como se trata de nombres extraoficiales, ubica al hablante en el ámbito sagrado de la intimidad de su titular. Y los nombretes, sobrenombres, motes o apodos (por ejemplo, el Guirre, la Camella, el Rascancio, la Perejila, pejines (naturales de Santander), gatos (naturales de Madrid), ratones (naturales de Villaverde, Fuerteventura), cangrejos (naturales de Gran Tarajal, Fuerteventura) o culetos (naturales de Agaete, Gran Canaria), que son generalmente nombres de cualidades, experiencias, comportamientos, etc., más o menos negativos o cómicos de la persona aludida o anécdotas o episodios curiosos de su vida, se refieren a ella de forma burlesca, irónica o humorística. Así, los nombres el Guirre, la Camella o ratones, por ejemplo, no se refieren de forma objetiva a las personas que........

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