Desayunando con Vargas Llosa
En mi colegio, entregar un trabajo con faltas de ortografía era una forma discreta de suicidio académico. El profesor descontaba puntos con una alegría que no le conocíamos en ninguna otra actividad. Luego llegaron los correctores ortográficos y, durante un tiempo, sospechamos que usarlos era hacer trampa. La sospecha duró poco: dos cursos después, el mismo profesor reprochaba lo contrario — cómo diablos entregabas algo con faltas teniendo el corrector a un clic. La herramienta pasó de delito a obligación sin detenerse en ninguna estación intermedia.
Conviene recordar aquel viaje ahora que media humanidad discute cómo detectar si un texto ha pasado por una inteligencia artificial. Se venden detectores, se compran licencias, se suspende a estudiantes con un informe de probabilidad bajo el brazo. Y ha florecido el negocio simétrico: aplicaciones que prometen a esos mismos estudiantes «humanizar» sus textos hasta burlar cualquier detector. La cumbre del género la firma la app que te juzga y te condena — y acto seguido te ofrece redimir el pecado humanizando tu texto, previa suscripción de pago. Plegaria, limosna y de vuelta al cielo: el negocio de las indulgencias llevaba quinientos años esperando su versión en software.
El final de esta carrera, además, ya se ve desde aquí: a medida que los modelos mejoren, llegará el día en que no quede nada que detectar. Y entonces tocará hacer el camino inverso — escribir mal a propósito, renunciar a la raya (esta misma), desarmar la sintaxis — para, oh ironía, «parecer humanos». No es por ahí. Entretanto, casi nadie invierte un euro en la pregunta que importa, que no es si el texto pasó por una........
