La soledad infinita

En una sociedad exageradamente comunicada, reina la soledad entre sus gentes. Eso dicen sesudos estudios y estadísticas oficiales. Todos repercuten en titulares cruentos que espantan las felicidades e inquietan a las gentes. Se puede ver en las calles de cualquier ciudad, sobre todo en las más grandes. También en las pequeñas villas y en los pueblos. Las personas no hablan como antes, no se ven como antes, se dice. Pero no se sabe muy bien dónde está ese antes, ¿hace diez, veinte, treinta, cuarenta años?

Susana de Almendralejo me dice que ella está muy bien sola y más que sola. Que la compañía la tiene cuando quiere y cuando le conviene. Hace bien. Luis de Argensola, sin embargo, confiesa que le cuesta encontrar a personas con las que compartir un momento de conversación. Vive solo, claro, y jubilado de la actividad docente que completó su vida durante casi medio siglo, se ve desenfocado en la sociedad actual y en sus circunstancias.

La soledad es un páramo siniestro en medio de las multitudes que inundan nuestras calles cada día. Ahora que se aproximan nuevas vacaciones, las más santas, se podrá comprobar de nuevo. Procesiones y capirotes, cofradías machistas y cofradías pías, cristos de la legión como anacronismo histórico, y cánticos nocturnos de religión convertidos en gran negocio, nadie lo oculta.

En medio de la masa se puede estar sola, me dice Cristina que promete acompañarme durante las fiestas y algo más, lo cual le agradezco. Hemos comprometido asistencia a una procesión en León, unos rezos en Astorga, unos rosarios en Ferrol y unas lamentaciones en Avilés. Estoy que no me lo creo con una agenda tan completa y repleta. Me dice que no me queje, que el Perro Sanche ha bajado las gasolinas para todo ese esplendor, y que así nos saldrán baratos los recorridos. “¿I tant!”, le digo yo muy a la catalana, pensando en el coche eléctrico de su propiedad en el que viajaremos. Para León propuse el hostal de San Marcos, pero no hubo tal: nos espera un hotel sostenible, menos mal, no se caerá, y ecológico en sus comidas, con lo cual el vino no tiene sulfitos y la carne no es carne sino mera sombra de la caverna platónica. Y para eso estudiamos.

En Avilés hay un magnífico Meliá en la plaza principal pero tampoco: nos esperan unas cabañas en medio de la nada alimentadas por luz solar y autoabastecidas con verduras y animales propios. Espero que no haya que intervenir en sus sacrificio. Quién sabe: es semana santa y no podemos perdernos en la soledad sonora y simple.

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