8 de marzo: feminismo de clase contra el capital y la guerra imperialista
El 8 de marzo no es una fecha para la celebración hueca ni un escaparate para el reformismo o las concesiones estéticas que el sistema concede para desactivar la lucha. Es, por encima de todo, una trinchera de la memoria histórica y un campo de batalla político. Provenimos de las profundas tradiciones del bolchevismo y la Revolución rusa; aquella chispa fundacional que prendió cuando las obreras textiles de Petrogrado se declararon en huelga en 1917, reivindicando “pan y paz”, no fue un acto simbólico, sino el preludio del derrocamiento del zarismo. Reivindicamos la herencia insobornable de Clara Zetkin, quien en 1910, en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, propuso instituir un Día Internacional de la Mujer Trabajadora con un objetivo diáfano: ligar indisolublemente la lucha por el sufragio y los derechos democráticos a la lucha revolucionaria por el derrocamiento del capitalismo. Hoy, frente al vaciamiento ideológico y la cooptación del feminismo por las instituciones del régimen burgués, urge recuperar esa concepción de clase en toda su radicalidad.
La opresión específica que sufren las mujeres no es un fenómeno etéreo ni un simple conflicto de roles de género desvinculado de la base material de la sociedad. Como demostraron científicamente Marx y Engels, las raíces de esta subordinación milenaria se hunden de forma indisoluble en el surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases antagónicas. Comprender el desarrollo histórico en su totalidad implica reconocer que no existe vía real para emancipar a la mujer de su doble y triple jornada —explotada en la fábrica o centro de trabajo, con salarios inferiores a los hombres y oprimida en el hogar— que no pase por la destrucción de la sociedad de clases y su estado. El combate por la liberación femenina choca........
