Jugando con la realidad (y con los derechos autor)

El 24 de diciembre de 2025, mientras buena parte del mundo entraba en una pausa colectiva por Navidad, la plataforma social X (antes Twitter) activó de forma silenciosa una nueva funcionalidad que marca un antes y un después en la relación entre creación, autoría e inteligencia artificial. Desde ese día, cualquier usuario puede editar imágenes ajenas publicadas en la red social mediante Grok —la IA generativa integrada en la plataforma— sin autorización expresa del autor original y sin mecanismos claros para impedirlo o rastrearlo.

No fue un experimento marginal ni una prueba técnica limitada. Fue una decisión estructural —aplicada por defecto—, alineada con la estrategia de su propietario, Elon Musk, y con su concepción de la plataforma como un espacio de experimentación tecnológica sin mediaciones. Un auténtico cambio de reglas impuesto unilateralmente, sin que el usuario tenga control efectivo sobre sus propias imágenes o creaciones.

Conviene decirlo desde el principio: esto no va solo de X. Va de qué ocurre cuando el trabajo creativo deja de ser una obra protegida y pasa a convertirse en materia prima editable, a golpe de clic, sin aviso previo al autor, sin mediación alguna y, por supuesto, sin reconocimiento ni remuneración, bajo las normas de grandes intermediarios digitales que actúan simultáneamente como escenario, árbitro y beneficiario de todo el proceso.

Durante los últimos años, el debate sobre inteligencia artificial y derechos de autor se ha centrado principalmente en el entrenamiento de modelos: el scraping masivo (recolección automatizada de millones de imágenes), los conjuntos de datos opacos y la discusión legal sobre el llamado uso transformativo. Era —y sigue siendo— un conflicto relevante, pero indirecto. Algo........

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