Quevedo y la eterna búsqueda del baifo

Ni en la ropa vieja, ni en Los Gofiones, ni el bañito en Las Canteras. El diálogo sobre la canariedad en el nuevo proyecto de Quevedo no se encuentra en las mil y una referencias a las islas que menciona en el mismo. Sino, más bien, en aquello que lo motiva a utilizarlas para empaquetar cada ápice del disco: la desesperanza. 

“Por fa, Diosito, envíame un motivo. No te hablo de metas ni de objetivos”. Pedro nos confiesa su vacío existencial al inicio del álbum, tanto en los versos como en la instrumental melancólica, bajada de revoluciones y en contraste con todo lo que se viene después. Y eso es la verbena, el carnaval, los guachinches, el mar y las pintaderas. Porque si hay una forma de sobrellevar el desaliento es refugiarse en lo conocido; si existe un lugar al que huir cuando se está perdido, ese, “está en casa”. No es casualidad que así titule el tema con que abre el álbum.

Así, el El Baifo no es más que la historia de un joven veinteañero, de barrio, que experimenta en sus propias carnes las promesas incumplidas de un sistema que te garantiza la plenitud, siempre que labres con esfuerzo tu camino sobre él. La realidad es que, a pesar del éxito y de todo el dinero, puedes hallarte perdido, incluso, habiendo llegado a la meta. Es la crisis de sentido y de reproducción social que plantea la pensadora Nancy Fraser, cuando habla de cómo el sistema reduce el valor de la vida a acumulación, éxito y estatus: cuando esos objetivos se alcanzan, se descubre que eran fines vacíos e insuficientes. En este sentido, “la canariedad” es su bote salvavidas. La “forma” del álbum. Pero no su “fondo”.

Su desesperanza no es un secreto: lo dejó claro, también, en una entrevista reciente donde habla de la depresión que pasó, de lo que le costaba levantarse de la cama cada día o de que aún prefiere compartir piso para no sentirse solo. Entonces, si Quevedo señala la Luna, ¿por qué miramos su dedo? Si menciona ese mal que........

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