Descubrirse en los guiris sin camiseta

Los insultos homófobos que recibí de pequeño tenían acento canario. Maricón, bujarra, trucha, mariquita, julandrón. Antes de saber qué me gustaba, los niños del barrio y del colegio querían dejarme claro que yo era distinto, entre burlas, patadones y eses aspiradas. A finales de los 90, nuestras calles aún normalizaban la homofobia; a principios de los 2000, Canarias no tenía ni un cuarto de los referentes disidentes que tiene hoy. Conocer quién eras implicaba mantener una conversación continua contigo mismo, sin la relación honesta con los demás. Construir tu identidad era no poder construirla.

En los barrios de “la zona metropolitana” de Tenerife apenas existía más opción que cargar con la cárcel de la heteronormatividad sobre los hombros, sin levantar sospechas. Que no cayera al pasar junto al grupo de tíos con TN, cadenas y gafas de sol en la nuca. Cruzar de largo, deprisa, sin que se notara el temblor de las piernas. Y al atravesar la plaza, más rápido. No dar la oportunidad a ningún “pibe, únete que nos falta uno”. El fútbol, el Tete, el canarión el que no bote, Don Omar, Aventura, Tego Calderón, los coches tuneados, el coñós ese pibonaso y el vuelve a mirarme atravesado pa que tú veas cimentaban nuestras calles, siendo esta la referencia de la canariedad, también, para muchas maricas, bolleras y travelos.

Las zonas turísticas funcionaban como oasis para esta realidad. No es casualidad que Puerto de la Cruz fuera cuna de la normalización marika en la isla. Para mí, Los Cristianos-Las Américas significaba una huida del puto “chacho loco” que no quería seguir escuchando a nadie para referirse a mí. Allí podía ser “Deivid” y performar una persona distinta. Una heterosexualidad, da igual, pero alejada de la homofobia arraigada al........

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