Cambio climático en Canarias: cuando todo cambia y toca cambiar también |
Hay días en que basta asomarse a la ventana para comprender algo que durante años parecía una discusión lejana. En Canarias, ese momento ha llegado con las lluvias. No con la lluvia suave, casi agradecida, que cabría imaginar tras una sequía prolongada, sino con otra forma más abrupta: barrancos que descienden con una fuerza desmedida, presas próximas a su límite, carreteras interrumpidas, núcleos de población que quedan aislados. Se instala entonces una sensación difícil de formular, pero inequívoca: la de que algo ha dejado de encajar.
Durante mucho tiempo, el problema del agua en las islas se pensó de manera relativamente simple: faltaba. Se hablaba de sequía, de calor, de escasez. Era un problema grave, pero también conocido, casi previsible. Existía un marco de referencia compartido. Sin embargo, lo que se observa ahora introduce una inquietud distinta: el agua no solo escasea, también se desborda. Y, sobre todo, se comporta de manera menos predecible.
No se trata únicamente de que llueva más o menos, sino de cómo lo hace. Los episodios de precipitación intensa tienden a concentrarse en períodos muy breves, acumulando en pocas horas lo que antes se distribuía a lo largo de días o semanas. El agua ya no llega de forma gradual; irrumpe. Y cuando lo hace, el territorio —y las infraestructuras que lo ocupan— muestran dificultades crecientes para absorberla.
Este cambio obliga a reconsiderar el marco interpretativo. Durante años, se ha hablado de “crisis del agua”, como si se tratara de episodios excepcionales, transitorios, susceptibles de ser superados........