Mi boca no es neutral. ‘Despreserización’ |
“Algunas palabras no me entran en la boca. Su peso, su historia y su uso me obligan a escoger: callar con conciencia o pronunciar con complicidad”.
Hay una palabra que me cuesta decir. No porque sea fea, sino porque cada vez que la escucho siento que algo se endurece en el aire, como si una persona quedara más pequeña de súbito. No pienso en el acto que nombra, ni en la moral que lo envuelve. Pienso en el modo en que la palabra cae a plomo, con todo su peso, sobre un cuerpo y lo deja ahí, inmóvil, desmadejado, derramado, ajado, sin dignidad, sin historia.
Es una palabra que se anuda en la garganta y cada vez que la escucho siento un pellizco. Lo que no conseguía es entender, con claridad meridiana, por qué experimentaba esa incomodidad, en especial cuando la escuchaba a varones de ciertos ámbitos, a los que —al menos yo— les supongo una sensibilidad más cercana. Fue hace un par de días que la oí de nuevo en un recital poético y volví a sufrir el pellizco, físico. Al regresar de madrugada y encender la luz de la habitación sentí algo que no procesé, no verbalicé. A las cinco de la mañana me desperté y le di de nuevo al interruptor y escribí. Debió de ser el runruneo duermevela en que me quedé al llegar a la cama, que por fin mi entendimiento mordió algo de luz.
Hago un inciso —creo oportuno— con el mito fundacional de Roma. En el relato Rómulo y Remo son amamantados por una lupa (loba). El término suele traducirse como “loba”, pero ya, en el latín arcaico, lupa designaba también a la prostituta, y “lupanar” al lugar donde ejercía. Tito Livio recoge esta ambigüedad al mencionar a Aca Larentia, compañera de Fáustulo, que crió a los gemelos, de la que afirma era una meretriz (de merere, “ganar”). Yo no creo que esa ambigüedad sea inocente. La trama lingüística es ilustrativa: la mujer queda nombrada por una metáfora animal o definida por una actividad corporal, no por su condición humana. Es decir, desde su origen, la reduce a objeto. No es casual tampoco ni inocente que esa misma lógica persista en las nomenclaturas actuales. Los insultos atribuidos a la mujer, relacionados con esta actividad o la animalizan o la cosifican. Necesitan insultos que la despojen de su humanidad para justificar su sometimiento.
Por tanto, no, no me gusta esa palabra española tan habitual, ni sus sinónimos. No porque no la entienda, sino porque la entiendo demasiado bien, desde que nació en la cuna del Lacio; desde allí ha sido debidamente mecida y blanqueada hasta nuestros días como un bebé diabólico, aunque sin padre conocido.
Hay palabras que, como otras cosas, no entran solas en el cuerpo: las empujan. No producen placer, lo exigen. No enaltecen lo que nombran, lo usan para engolarse. Esta es una de ellas. Cuando la........