Autopsia del descalabro: Cuba, el “Día Después” que Estados Unidos nunca planeó

Por Jason Poblete*

Nuestro gobierno federal –y quizás todos los gobiernos– tiene una habilidad especial para mantener leyes obsoletas artificialmente con vida. Lo aprendí de cerca en el Capitolio. El Congreso impuso en su momento un “impuesto telefónico” durante la Guerra Hispano-Estadounidense, presentado al pueblo estadounidense como un gravamen “temporal” que databa de 1898, y que todavía aparecía en las facturas telefónicas modernas mucho después de que los Rough Riders se convirtieran en material para una noche de trivia.

En el año 2000, yo trabajaba en el Congreso y recuerdo el debate en el Comité de Medios y Arbitrios. Los legisladores todavía debatían cómo eliminarlo, con una propuesta para hacerlo gradualmente durante tres años, como si necesitáramos una salida lenta y digna de una guerra que terminó en el siglo XIX. La cuestión no es la nostalgia. Resulta que la inercia política es real, y la política hacia Cuba es uno de los ámbitos más costosos donde hemos permitido que la apatía sustituya a la estrategia. Ese mismo año, el Congreso aprobó una ley de flexibilización de las sanciones, la Ley de Reforma de las Sanciones Comerciales, que conformó una tríada de legislaciones que desde entonces han perjudicado los intereses nacionales de Estados Unidos con respecto a Cuba.

En un artículo anterior sobre sobre Cuba, afirmé que la política estadounidense hacia Cuba se ha “arrastrado como un zombie”, un “cadáver legislativo mantenido con soporte vital”, porque demasiadas personas en Washington todavía se comportan como si fuera 1996. La Guerra Fría es cosa de historiadores. La intención no era criticar deportivamente leyes antiguas. El objetivo era crear conciencia y animar a los colegas a reflexionar detenidamente sobre los próximos pasos. Necesitamos admitir lo que mostraría una autopsia real: la causa de la muerte son décadas de estancamiento y falta de seguimiento, mientras que el simbolismo sustituye a la estrategia.

Este seguimiento del tema en cuestión trata sobre el marco que dio forma al mundo donde vivimos ahora —1992, 1996 y 2000— y por qué es hora de dejar de recrear esas viejas batallas como si los dragones no hubieran cambiado. En la década de 1990, las suposiciones de Washington con respecto a Cuba eran comprensibles. Las leyes se crearon para una Cuba en transición. Las especulaciones se basaban en un mundo en el que el antiguo régimen de Fidel Castro eventualmente desaparecería, los aliados se unirían a un esfuerzo hemisférico liderado por Estados Unidos, y el tiempo y la presión harían el trabajo pesado.

Pero el panorama geopolítico ha cambiado de manera que quienes redactaron esas leyes, en algunos casos, no pudieron haber imaginado: nuevos rivales se han afianzado, las actividades de inteligencia se han expandido, las redes disidentes han sido diezmadas o exiliadas, y el sistema interamericano se ha debilitado. La década de 2020 presenta un mapa político diferente. Y si el objetivo era una “transición pacífica”, como se afirma en la susodicha ley, deberíamos ser lo suficientemente honestos para decir esto: ha habido una especie de transición, pero no de la manera en que la concibieron sus artífices.

La pregunta ahora no es si el viejo modelo era “lo suficientemente firme”. La pregunta es qué viene después, y si la política estadounidense finalmente se ajustará a la realidad........

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