Bolivia vuelve a latir: una remontada que enciende al país y lo deja a un paso del Mundial |
Santa Cruz.- En Monterrey, lejos de casa pero con el corazón multiplicado, Bolivia volvió a creer. La victoria 2-1 sobre Surinam no fue solo un resultado: fue un giro emocional, una pequeña rebelión contra la costumbre de perder, una grieta luminosa en medio de días ásperos, marcados por la crisis económica y los problemas en el suministro de combustibles.
Durante gran parte del partido en el Estadio BBVA, el guion fue el de siempre: resistencia, dudas y ese murmullo incómodo que acompaña a una selección que arrastra años de frustración. El gol de Liam Van Gelderen, al inicio del segundo tiempo, pareció confirmar la historia conocida: Bolivia otra vez abajo, otra vez al borde del abismo en este repechaje intercontinental.
No fue solo fútbol. Fue carácter. Fue esa energía joven que todavía no sabe de derrotas inevitables. Moisés Paniagua empató a los 72 minutos con un gesto mínimo, casi íntimo: un puntín que rompió el miedo. Siete minutos después, Miguel Terceros tomó la pelota como quien asume un destino y marcó el penal del 2-1. Frío. Preciso. Definitivo.
Siete minutos bastaron para reescribir la historia de la noche. Siete minutos que hoy pesan más que años.
Un camino irregular que termina en esperanza
Bolivia no llegó hasta aquí por inercia. Las eliminatorias sudamericanas fueron una montaña empinada, derrotas duras al inicio y un equipo en reconstrucción. Sin embargo, en el tramo final encontró oxígeno, cerró en el séptimo lugar y se ganó el derecho a pelear su cupo en este repechaje. No fue brillante. Fue persistente. Y a veces eso basta.
Ahora, el país está a un solo partido de volver a una Copa del Mundo, algo que no ocurre desde la Copa Mundial de Estados Unidos 1994. Treinta y dos años, el tiempo suficiente para que una generación entera haya crecido sin ver esa escena.
El país se detiene para celebrar
Mientras en México se consumaba la remontada, en Bolivia el eco fue inmediato. De La Paz a Santa Cruz de la Sierra, de El Alto a Tarija, en todas las ciudades, la gente salió a las calles. No era solo celebración. Era alivio.
El país atraviesa días complejos, marcados por dificultades económicas y problemas en el suministro de combustibles, tensiones que se sienten en la vida cotidiana. Por unas horas, todo eso quedó en suspenso.
El fútbol no resolvió la crisis, pero permitió respirar. Gritar. Alegrarse. Abrazarse.
El umbral de la gloria
El calendario no da tregua. Tras superar a Surinam, Bolivia enfrentará a Irak este 31 de marzo. Es el último peldaño. El premio es claro: ganar y clasificar al Mundial 2026. Si lo logra, ya conoce el destino, un grupo exigente junto a Francia, Senegal y Noruega.
Ganar es entrar en la historia. Perder es volver al punto de partida.
Bolivia no es favorita. Nunca lo ha sido. Pero esta vez hay algo distinto, una sensación tenue, frágil, casi peligrosa… de que la historia puede torcerse a favor de los que siempre esperan.
A veces el fútbol no cambia la realidad, pero la ilumina lo suficiente como para seguir caminando. Y hoy, en Bolivia, esa luz alcanza.
Juan Carlos Marañón Albarracín
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