El Faraón de EL Purial

Félix Álvarez Jiménez, laborioso, modesto, es una de las mayores cátedras de sapiencia en los secretos de la tierra y crianza de animales en su natal Cabaiguán y en el país

Respira hondo, tomando aire y las botas se adentran en esas tierras conocidas por él de memoria. Esa mañana Félix Álvarez Jiménez seguía con la mirada a una máquina gigante capaz de hacer el trabajo de una decena de hombres.

Una maquina en forma de araña fertiliza y siembra a la vez. / RRGR

Al timón y encima del esqueleto de hierro parecido a una araña, iban Alberto y Liodis. Realizaban dos cosas a la vez. Arriba del tractor estaban los tanques con el fertilizante que inyectaban al suelo. Debajo, unas cubetas repletas de maíz. Con cadencia caían los granos en los surcos.

Una nube de garzas blancas iba en picada sobre los gusanos e insectos descubiertos, cuando los ganchos en forma de arado, le abrían las venas al terreno.

Muy pocos vestigios quedaban de las matas de frijoles cosechadas en ese mismo lugar el día anterior, en una jornada extendida hasta pasadas las 10 de la noche. Las tierras de Félix nunca descansan. Paren y paren, mientras haya manos callosas con deseos de acariciar los frutos.

Frente a la guardarraya, otra frijolera venía creciendo.

“Yo nací aquí mismo en El Purial, en esta zona de Punta de Diamante y nunca se me ha ocurrido inventar más nada. Soy campesino y, si vuelvo a nacer, seguro me verán aquí”, dice con esa figura de líder, de padre de muchos, de maestro, a quien quizás no le caben más medallas en el pecho, aunque las mayores de todas son las del honor, constancia y el ejemplo.

El último galardón recibido fue la Orden 17 de Mayo, otorgada por el Consejo de Estado, a propuesta del Buró Nacional de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).

Caminar lo hecho

Intercalar cultivos garantiza aprovechar más el suelo. / RRGR

Para hablar con Álvarez Jiménez debes hacerlo mientras recorres sus plantíos. Le gusta caminar lo hecho. Es una de esas personas inclinadas a la perfección, con amplia cultura agropecuaria; sin embargo, quizás estuvo poco tiempo detrás de un pupitre, obligado por las circunstancias.

Sigues sus zancadas amplias y constantes, pese a los 77 años. Al lado van tres perros de escoltas, más que todo por costumbre: uno lleva pintas blancas, es negro, y así lo llaman; el marrón es Zimba y el tercero Hatuey. Marchan rotando la función del guía. De vez en vez levantan la cabeza curioseando el camino y adivinando los pasos del dueño. Al llegar a la casa acudió a recibirlo otro canino de la manada. Seguramente su rol es cuidar la vivienda.

“Mi papá casi no tenía tierras. Nosotros nos las vimos fea”, dice el guajiro. Eran siete hembras. Yo era el más chiquito y el único varón. Cuando nací mi hermana mayor tenía 14 años”.

No me lo dijo, pero probablemente esa crianza motivó su temprano apego a la labranza, en tiempos en que era labriego, de sol a sol, regresaba al rancho con un peso.

Es indiscutible su liderazgo, el poder de resolución, similar al de aquellos monarcas semidivinos del antiguo Egipto, quienes para sus contemporáneos jamás fueron humanos comunes.

“Poco a poco, por mis resultados, me dieron más áreas. Hoy debo tener aquí unas tres caballerías y media”; por allá abajo casi seis más. Hubo momentos en que reuní más de 300 reses”, recuerda y entonces la memoria se le queda algo perdida, porque -quien lo conoce bien- sabe que hablar de ganado le trae........

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