Este Omaja…no al Oeste |
Este Omaja…no al Oeste
Autor(es): Pastor Batista
Pasajes poco conocidos de un poblado que emigrantes norteamericanos pretendieron calcar en genio, figura y hasta sepultura
Pequeña, destilando una sensación de nostalgia, acaso por su tranquilidad o por su legendaria estructura; la estación de Omaja, al este de Cuba y en geografía tunera, ha visto pasar en silencio a cientos, miles de locomotoras, halando coches repletos de pasajeros, vagones-cisternas, casillas con todo tipo de productos, contenedores sobre planchas, piezas de artillería, lo mismo hacia oriente que occidente.
Desde ese punto de vista, pudiera parecer un “apeadero” más, entre los tantos construidos desde antaño a todo lo largo del ferrocarril central cubano.
Omaja, sin embargo, tiene su particularidad, su historia, elementos que lo distinguen y diferencian de otras estaciones y de otros poblados que la línea parece haber rajado por la mitad, en dos bandas, o donde –quién sabe– la gente fue construyendo luego, plantándose y “aplatanándose”, a la vera de ambos rieles.
Sea del modo que haya sido, Omaja no solo tiene un misterioso encanto en sí mismo, sino también una identidad, un sentido de pertenencia y un orgullo muy sano, cubano, que tal vez no conozcan la inmensa mayoría de los pasajeros que por allí transitan e incluso muchos de los maquinistas que hacen añicos el silencio del día o de la noche con ese pitazo que perfora los tímpanos del éter.
Documentos oficiales y referencias que fluyen de generación en generación, consignan que el alumbramiento del poblado se remonta 120 años atrás, cuando en 1906 un grupo de emigrantes norteamericanos procedentes en su mayoría de Nebraska, se asentaron en la zona, prácticamente virgen por aquel entonces, atraídos por la existencia de grandes bosques en los que abundaban las maderas preciosas.
Tan atractivo para el negocio les resultó aquel entorno, favorecido además por las bondades del ferrocarril, que rápidamente construyeron allí confortables viviendas de madera, por lo general de dos pisos, con la intención de establecerse e invertir en la actividad forestal, ganadera, cítrico, algodón y hasta “se habló” en algún momento de construir un ingenio azucarero.
“La motivación fue tal que cuatro o cinco años después ya había alrededor de 2 000 emigrados estadounidenses en la zona, mientras en 1921 la escuela pública registraba a 83 niños con apellido inglés y apenas seis alumnos procedentes de familias criollas”.
Esos datos me los ofreció en 2006 en el centenario del poblado Enués Montes Moreno, un hombre que además de entregarle a Omaja 40 años de su vida como jefe de la estación de ferrocarril, devino apasionado historiador, por su........