Desenterrando un imposible |
Desenterrando un imposible
María Victoria Valdés Rodda
María Victoria Valdés Rodda
Autor(es): María Victoria Valdés Rodda
Las Figuras de Acámbaro jugaron a cambiar la estela del hombre en la Tierra en comunión con seres extintos hace 66 millones de años
El universo arqueológico cambió de una manera u otra: en 1944 algunos llegaron a pensar que se habían encontrado pruebas irrefutables sobre la convivencia de los seres humanos y los dinosaurios; muchos lo creyeron hasta 1955, cuando se aseveró que era, en toda regla, una estafa.
Al comerciante, arqueólogo y coleccionista aficionado alemán Waldemar Julsrud le traían de cabeza las culturas precolombinas, en particular las de México, cuya herencia fue imposible de extinguir pese a la brutalidad del coloniaje español. De tan extendida en tiempo y espacio, esas comunidades tienen tradiciones muy vivas y atesoran alfarería ancestral en cada centímetro de sus tierras.
Imaginemos por un segundo que somos ese viajero llegado de lejos, ávido de aventuras y descubrimientos en los cuales depositar una pizca de fe, y, así, poder cambiar la mala o poca fortuna. Waldemar excava y excava y a medida que lo hace su alegría se vuelve contagiosa a los lugareños, a quienes les promete un peso por cada hallazgo. De pronto se tropieza con una pieza ambigua y gracias a su calenturienta mente dictamina que se trata de un vestigio de antes de las civilizaciones conocidas. Lo afirma sin apoyarse en técnicas de carbono 14, ni en ninguna otra moderna herramienta de datación; solo usa sus conocimientos de historia universal…y la imaginación.
¿Cuál es el área donde escarba? Acámbaro, en el estado mexicano de Guanajuato. Allí era frecuente hallar figuras prehispánicas, pues la zona había sido un conocido centro ceremonial y comercial de la antigua cultura Chupícuaro.Undía, el grito eufórico: “He hallado un dinosaurio”. Se lo sugiere la amorfosidad del objeto; la no anatomía humana le hizo suponer tal cosa.
“La lluvia y el pozo me la trajeron”, decía, y parecía un chiquillo, dejándose llevar por una colectividad también entusiasta sin reparar ni un segundo en que la pobreza es mala consejera: el prometido peso de pago (12 centavos de dólares de la época) significaba un montón para unas gentes viviendo al día, a veces con una única comida en el estómago. De esta forma, además de encontrar coloridos objetos prehispánicos, confeccionaron en cerámica aquello deseado por Waldemar: nada menos que 33 000 piezas; de estas, 2 500 de hombres junto a dinosaurios.
Fue el estadounidense Charles Di Peso quien, en 1955, en excavaciones científicas, determinó cómo las figuras se enterraron en fechas cercana y no antiguamente. Pero la polémica siguió hasta la década de los setenta, cuando el Museum’s Applied Science Center for Archaeology (MASCA) de Pensilvania, a través de pruebas de termoluminiscencia, certificó que lo “hallado” era indudablemente del siglo XX.
Se presume que la inspiración de los lugareños llegó mediante unos libros sobre dinosaurios muy populares en los años del 1930 al 1940. Por su parte, el periodista mexicano Luis Ruiz Noguez, en sus blogs sensacionalistas, ha desempolvado tan fantástica experiencia, vindicando la buena voluntad de Waldemar Julsrud, “aquejado” de una desbordada pasión hacia los intríngulis del pasado. Insiste en atribuirle a Di Peso inquina contra el trabajo general del alemán, pues este halló también máscaras, ídolos, piedras, jades, obsidianas, herramientas, utensilios, estatuas, instrumentos musicales y figuras humanas.
El tiempo ha sido benévolo con el curioso “pasaje mexicano”, y, más que condenar a los pobladores de Acámbaro, la comunidad de arqueólogos aprendió una lección: ser todo lo meticuloso posible, siendo imprescindible tejer los caminos de la historia de la mano de la rigurosa verdad, aun si ello implica arduo trabajo de campo y largas horas de escudriñar libros y documentos. Descubrir antigüedades debe regirse por la regla de la paciencia e incluso la de la duda razonable sobre uno mismo.
arqueología, ciencia, Destacamos, hombres
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