Las mujeres que sostienen el ritmo

En el trabajo, en la cultura y en la vida cotidiana, muchas mujeres aprendieron a sostener sin escenario, sin garantías y sin permiso. No por heroísmo, sino porque si no lo hacían, nada avanzaba.

En el mundo laboral, a muchas mujeres no se les pide solo que hagan bien su trabajo. Se espera que sostengan, que contengan y que sigan empujando, incluso cuando el cansancio no proviene de una tarea puntual, sino de la acumulación constante de exigencias.

Estar disponibles, responder rápido, resolver lo que otros no resuelven y mantener el funcionamiento general aun cuando las condiciones son adversas. Rendimiento constante, cuidado permanente; eficiencia sin incomodar; compromiso sin pausa visible. Todo esto, muchas veces, en espacios que nunca fueron pensados para alojarlas, pero que hoy dependen profundamente de su presencia.

Estos territorios —históricamente reconocidos como mundos de hombres— funcionan bajo una lógica que premia la competencia, la dureza y la autosuficiencia. El poder suele asociarse a quien avanza sin dudar, a quien ocupa el centro, a quien parece no necesitar a nadie.

Lo que rara vez se nombra es que gran parte de ese avance descansa sobre un trabajo silencioso y persistente: alguien ordena lo que otros desordenan, alguien contiene cuando el clima se vuelve irrespirable, alguien sigue empujando cuando el sistema amenaza con caerse.

Ese trabajo, históricamente feminizado, no suele traducirse en poder ni prestigio, aunque resulte indispensable para que todo siga funcionando.

Durante mucho tiempo, la sociedad avanzó sostenida por una premisa silenciosa: que las mujeres pueden con todo. No como una elección consciente, sino como una expectativa estructural. Como si su capacidad de respuesta fuera infinita y su cansancio apenas un efecto secundario, algo que no ameritara detener la marcha.

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