El edadismo social y la implacable realidad de la vejez |
Marginados socialmente, sobrepasados por una tecnología que se complejiza, nos encontramos, finalmente, con la precariedad económica de la inmensa mayoría.
Soy de los que prestan poca atención a esos textos que circulan en las redes sociales —tan en boga actualmente— acerca de cuanto tema pasa por la mente de quienes los escriben o envían.
Sin embargo, hace unos días, recibí uno, por WhatsApp, que leí atentamente y, luego de algunos segundos, releí con más atención. Se refería a la vejez o, mejor dicho, al lado más bello del envejecimiento como etapa plena y natural de la vida. Una reflexión singular, muy bien escrita, extraída del libro “La vejez”, de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, en el que denuncia la exclusión de la que son objeto los ancianos.
Una parte del texto dice: “… un día yo era movimiento, urgencia, promesa. Al otro, continuidad. No hubo un aviso claro ni un momento exacto. El cuerpo fue cambiando, mientras la mente seguía intacta, llena de planes, curiosidades y deseos…el envejecimiento no llamó a la puerta; entró mientas yo estaba ocupada viviendo”.
En una torpe asociación de ideas, rememoré un incidente vivido recientemente en una micro, cuando varios jóvenes entraban por la puerta trasera, evadiendo el pago. Un anciano de cabellos muy blancos los increpó entonces fuertemente, diciéndoles que debían pagar.
Como réplica, uno de ellos —el que llevaba el brazo tatuado con flores y cadenas— desafiante y desfachatado, le gritó a voz en cuello: “Salta pal lao viejo culiao”. El hombre calló, y los pasajeros, indiferentes o atemorizados tal vez, miramos instintivamente hacia el costado. “La juventud es una embriaguez sin vino; la vejez, un vino sin embriaguez” —dice un proverbio.
Imágenes contrastadas de un vasto tema sobre el que me quedé pensando por un rato.
Algunas constataciones
Abundan los análisis sobre el envejecimiento de la población en los países de mayor desarrollo;........