Cómo se libró Céline de la pena de muerte
En plena Ocupación Céline se hace colaborador. Ya lo era antes de colaborar. Los ejemplos no son escasos.
Céline, antes que nada, es un escritor aerófono. Una especie de gruñido entre líneas es lo que provoca una adicción inicialmente auditiva, un murmuro agrio que a sus fieles congrega como si oyeran el llamado de una trompa de caza. Sus lectores son fieros, y los políticamente extremos los que más lo celebran, deseando la extinción de la “escoria pútrida” de la burguesía que infecta todos sus morbos.
Ahí abrevan los enfurruñados con la política y el staff delictivo, los curiosos de los pormenores familiares degradantes, los que toman aceite de bacalao para repeler microbios, los que respiran el aire homicida de las guerras propagado luego como el aroma natural de la vida cívica y común. Asimismo, se reconocen aquellos que sienten desprecio por los cenáculos literarios e intelectuales y los perciben como una élite parasitaria dañina. El resentimiento es una droga a la vena esencial en la obra celineana.
La política enferma (Céline es médico: el doctor Louis Ferdinand Destouches) no sólo al cuerpo social sino al físico, propio, individual; un tipo de virus venenoso que el escritor “constató” alojado en esa travesía humana que es El Viaje al fin de la noche (1932), novela entre las grandes y ásperas del siglo. Céline (seudónimo) es un bioideólogo delirante con medios todavía precarios de observación microscópica que fácilmente lo podían llevar a conclusiones más que erradas.
Después de la novela Muerte a crédito, Céline le dispara un tiro mortal a la URSS con el libelo Mea culpa, y enseguida se vuelve para apuntar a los judíos como un exterminador serial. Los panfletos Bagatelles pour un massacre, L’École des cadavres y Les Beaux Draps, le vacían la recámara: “¡Mil veces racismo! ¡Desinfección! ¡Limpieza! Una sola raza en Francia: ¡el ario! El resto es relleno, engañifa, basura”. Lo asombroso es que el delirio se le confirma: los arios........© BioBioChile
