Armando Uribe: elogio del viejo pesado

Excéntrico, de una cultura elefantiásica, con una inteligencia rayana en la genialidad. Pieza única, irrepetible. La voz pública y cultural más importante de Chile en los últimos treinta años.

Este mes de enero se cumplen seis años de la muerte del poeta, abogado, diplomático y profesor universitario, Armando Uribe Arce.

Hay viejos pesados –los imprescindibles- y viejos hs. pesados –los insoportables. Uribe está entre los imprescindibles.

La primera contribución de Armando Uribe a la escena chilena fue que no sonrió nunca. Cuando comenzaba la llamada transición de los 90, entre la proliferación de sonrisitas, apretones de mano, tonos de lo más conciliadores, frases muy cuidadas, ambientes distendidos en exceso, codazos al por mayor para ubicarse en todo orden de granjerías, aparece este personaje que lo primero que hace es no reírse bajo ninguna circunstancia. Era la señal de algo, una cierta abstención, por lo menos un contrapeso a lo a veces impúdico. Claro, esto no se le perdonó (“eres conflictivo”, “muy pesado”).

En el tiempo de los murmullos (una especie de letra chica), Uribe alzó la voz para hablar claro. Y pateó el piso y se enojó. A los abrazos alejandrinos que se veían por doquier, impuso una especie de ascética latina epigramática. El verso coincidía con su gestualidad pública y las opiniones impresas.

Uribe quería pelear pero la pelea había terminado, quedaban sólo los acomodos en asientos numerados.

Armando Uribe nunca volvió de París, siempre vino de Chile. Una raíz profunda y antigua no lo dejaba estar en ninguna otra parte. Nunca se llamó Graciano Canalejas.

Si uno lo veía por ahí, caminando, parecía el perro de Goya en el plano oblicuo de Chile.

Despidió a poetas como Eduardo Anguita: “Hablo a nombre de nadie (…) El nombre de los poetas es nadie”; y lo veo con un sombrero negro a lo Ezra Pound, dolorido en el Cementerio N° 2 de Valparaíso despidiendo a Juan Luis Martínez.

Y escribió cartas públicas confrontando a Patricio........

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