El papelito y el papelón
Mientras el gobierno se retiraba con dignidad institucional, la izquierda que queda en la oposición enfrenta un verdadero papelón: todavía no tiene rumbo. Y ese problema no se resuelve con nostalgia ni con indignación permanente.
Las transiciones políticas dicen mucho de un país. No solo por los discursos, sino por los gestos mínimos, esos detalles casi domésticos donde se ve si una democracia ha madurado o sigue viviendo de sus propias tensiones.
La retirada del gobierno de Gabriel Boric dejó una imagen que probablemente será recordada más por su tono que por su dramatismo: el pequeño papelito que el presidente dejó al sucesor. Un gesto cariñoso, casi íntimo, más cercano a la cortesía universitaria que a la épica republicana.
No hubo dramatismo, ni ceremonias cargadas de simbolismo resentido. Nadie se llevó la piocha presidencial escondida en el bolsillo, como ocurrió en 1990 cuando Augusto Pinochet abandonó el Congreso aferrado a ese símbolo en su estilo de ratero.
Esta vez la escena fue otra: ministros que se retiraron con calma, sin portazos ni declaraciones grandilocuentes, como si comprendieran que el ciclo político había terminado y que el país seguía funcionando al día siguiente.
La escena más notable fue probablemente la del ministro del Interior, Álvaro Elizalde. Cuando dejó el palacio no lo hizo en una caravana solemne ni en un vehículo oficial escoltado por motos. Cruzó la calle y se fue en bus a Santiago acompañado de su esposa.
Y no era la primera vez que protagonizaba una escena así: cuando........
