El amor y los tiempos del cólera de la izquierda al Tribunal Constitucional
¡Canta, oh diosa, la cólera de la izquierda chilena contra el Tribunal Constitucional! En realidad, hablemos de un enojo pasado, pues dicho organismo precipitó al Hades tantas leyes prometidas antes de tiempo que bien podrían haber logrado los avances sustantivos comprometidos en campañas y panfletos. En palabras del sabio abogado constitucionalista Fernando Atria, el TC era una institución “que tiene por finalidad arrebatarle al pueblo su poder de decisión” y formaba parte medular de la “trampa” de la Constitución de 1980. No hay que hurgar demasiado para encontrar la infinita cantidad de proclamas, libros y discursos contra el organismo.
Los proyectos de ley que buscaban empoderar a los ciudadanos o reformar los mercados eran meticulosamente desarmados un par de cuadras más allá del Congreso. No importaba el debate optimista en las cámaras; al final del día, la voluntad de las mayorías terminaba chocando con una muralla de ministros que resguardaban con celo casi místico el texto heredado de la dictadura. Fue así como la frustración parlamentaria acuñó ese apodo tan preciso como amargo: la Tercera Cámara.
Para explicar esta errante travesía institucional, bien vale evocar la Odisea y el peligroso paso por el estrecho de Mesina. Durante años, el Tribunal Constitucional operó como la temible Caribdis, aquel monstruo marino que bajo la forma de un torbellino implacable succionaba las aguas tres veces al día, convirtiéndose en el tope absoluto y fatal para el avance de la embarcación de Odiseo. La izquierda miraba ese remolino con horror, sabiendo que cualquier reforma sustancial que intentara cruzar por ahí sería tragada por el abismo........
