El plan de Lula para el desarrollo y su proyecto estrella: el sistema PIX

En ese escenario complejo, Brasil aparece como un caso particularmente revelador, porque ha intentado enfrentarlos de manera explícita y sistemática.

1. El escenario de los países subdesarrollados

Hay una ilusión persistente en buena parte del pensamiento económico y político. Se trata de la idea de que el desarrollo sigue siendo, ante todo, un problema de buenas decisiones internas, de políticas públicas bien diseñadas y de una inserción razonable en el mercado global. Pero esa ilusión pertenece a un mundo que ya no está. Muchos países subdesarrollados se mueven entre la ingenuidad de los recetarios de hace dos o tres décadas y algo peor, la convicción de que el poder político puede gestionarse de modo disruptivo (una enseñanza exitosa en lo electoral y catastrófica en la política).

Para los países subdesarrollados es fundamental comprender que ellos operan en un sistema donde las reglas no están dadas, sino que son continuamente reconfiguradas por quienes concentran poder tecnológico, financiero y geopolítico. Ya no basta con “hacer bien las cosas” hacia adentro, porque el afuera dejó de ser un entorno estable. Lo que hay afuera es un campo en disputa con muy relevante movilidad y complejidad.

Ahora bien, ese cambio no implica que las estructuras tradicionales hayan desaparecido o perdido relevancia. Los Estados siguen siendo actores decisivos —quizás más que hace una década—, y las grandes plazas financieras continúan organizando los flujos de capital a escala global. Las decisiones geopolíticas, las sanciones, los acuerdos comerciales, siguen teniendo como protagonistas centrales a los gobiernos. Las bolsas, los bancos, los sistemas financieros tradicionales, siguen marcando el ritmo de la economía mundial. No estamos ante un reemplazo del poder, pero…

El mundo que estamos viviendo muestra un escenario de reformulación particularmente claro, incluso dramáticamente explícito. La sismicidad del sistema es alta: cada día desde hace ya varios años, tiembla políticamente. A veces son crispaciones sociales, en otras ocasiones son crisis institucionales y en otros casos la lucha geopolítica que ya se encuentra en situación de desborde (aunque todavía no ha ocurrido realmente). Hay una reconfiguración geopolítica.

Y en ese escenario lo que ha ocurrido es que ese poder se ha expandido hacia nuevos espacios, menos visibles y más difíciles de captar con las categorías clásicas. Hay un poder en nuevos espacios que se manifiesta de manera más opaca. Hablamos de las grandes tecnológicas, los fondos de inversión, las plataformas digitales, que no han sustituido al Estado ni al sistema financiero tradicional, pero han adquirido una capacidad de incidencia que antes no tenían. No gobiernan, pero condicionan. Operan en zonas donde la regulación es más difusa, donde la transparencia es menor, donde las decisiones se vuelven más difíciles de rastrear. Y eso altera profundamente la forma en que se ejerce el poder.

El resultado no es un sistema más simple, sino más complejo. El poder ya no está concentrado en unos pocos centros claramente identificables, sino distribuido en una red de actores que interactúan, compiten y, muchas veces, se superponen.

Los Estados negocian con empresas que tienen escala global; los mercados reaccionan a decisiones políticas que se toman en contextos opacos; las plataformas tecnológicas configuran espacios de acción que luego los gobiernos intentan regular. Todo ocurre al mismo tiempo, en distintos niveles, sin una jerarquía completamente clara. Esto es interpretativamente difícil de asir. Los legisladores no tienen la capacidad de vislumbrar el impacto de estos procesos ni sus estructuras de asesoría permiten una visión más amplia. Pasa lo mismo con los gobiernos, a pesar de que su dependencia de estos problemas es mayor. Pero aún así el escenario político no aparece muy capacitado para este nivel de decisiones.

Por esto, el poder se ha vuelto más difuso y más difícil de gobernar. Y en ese nuevo escenario, los países subdesarrollados enfrentan un desafío mayor, porque no solo deben lidiar con desigualdades tradicionales, sino también con un sistema cuya lógica de funcionamiento es cada vez menos transparente y más exigente en términos de capacidad estratégica. No basta con entender el mundo; hay que aprender a moverse dentro de él sin perderse. En ese entorno, el desarrollo deja de ser un proceso lineal y se convierte en una trayectoria incierta, sometida a fuerzas externas que pueden habilitar o bloquear caminos enteros.

La brecha tecnológica se ha transformado en el núcleo duro de esta desigualdad. No se trata simplemente de producir bienes más sofisticados, sino de controlar los sistemas que organizan la producción global: los chips, los algoritmos, las plataformas, las redes logísticas. Es ahí donde se decide quién define las reglas y quién las sigue. Para los países subdesarrollados, esto implica una paradoja, pues incluso cuando avanzan, lo hacen sobre infraestructuras que no controlan. La dependencia ya no es visible en la balanza comercial; está incrustada en la arquitectura del sistema. En vez de alejarnos del diagnóstico de Faletto y Cardoso, nos acercamos.

A esto se suma la dimensión financiera, que opera como una especie de fuerza gravitacional. Las monedas fuertes, los centros financieros, las agencias de riesgo, todos ellos configuran un entorno donde la estabilidad de un país depende, en gran medida, de percepciones externas. Cuando un país intenta modificar su trayectoria —por ejemplo, mediante políticas industriales o cambios en su inserción internacional— puede enfrentar presiones cambiarias, salidas de capital o encarecimiento del crédito. No es necesario un “ataque” coordinado; basta con que el sistema interprete que hay riesgo para que se active una dinámica de disciplinamiento.

En paralelo, las cadenas globales de valor han dejado........

© BioBioChile