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El cable de la discordia: ¿Chile actuaba con una estrategia coherente con su posición internacional?

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25.02.2026

Si aceptamos que el proyecto de cable transpacífico con China había avanzado sustantivamente (que ya es un hecho), que existían advertencias explícitas del embajador estadounidense (asunto confeso) y que el tema fue planteado como un riesgo estratégico en reuniones formales, entonces el problema no es la sanción. El problema es la conducta.

Chile vuelve a estar en medio de una disputa mal definida. ¿Rechazar las sanciones de Estados Unidos en nombre de la soberanía? ¿Rechazar el proyecto del cable con China? ¿Elegir entre uno y otro? Si las preguntas son imprecisas, las respuestas solo pueden comenzar en el absurdo y pueden llegar al espanto. Y desgraciadamente es el caso.

La discusión sobre las sanciones estadounidenses a autoridades chilenas no debe comenzar preguntándose si corresponde o no que Washington sancione. Y tampoco debe preguntarse por la pertinencia de tomar decisiones autónomas sin más. La pregunta central es otra: ¿estaba Chile actuando con una estrategia coherente respecto a su propia posición en el sistema internacional?

En el sistema internacional, los países medianos viven en un equilibrio delicado: no son irrelevantes, pero tampoco tienen capacidad para imponer reglas; su margen de autonomía existe, pero está condicionado por las estructuras de poder que los rodean. Pueden diversificar relaciones, negociar simultáneamente con varios polos y construir espacios de autonomía relativa, pero cuando avanzan hacia áreas consideradas estratégicas por las grandes potencias —infraestructura crítica, tecnología sensible, seguridad energética— su margen se estrecha drásticamente.

El protagonismo excesivo sin respaldo estructural puede convertir una política de autonomía en una exposición innecesaria. Chile, además, ya no es un actor periférico neutro: su desarrollo en energías renovables, hidrógeno verde, litio y potencial exportador eléctrico lo está transformando en una zona de interés estratégico creciente, una posición que comienza a asemejarse —salvando escalas— a la de los países petroleros secundarios en el siglo XX.

Esa transición no es solo una buena noticia económica; es una mutación de estatus. Y cada cambio de estatus atrae atención, competencia y presión. La energía renovable no es simplemente una oportunidad de desarrollo: es también una fuente potencial de fricción geopolítica que, si no se gestiona con extrema sofisticación estratégica, puede transformarse en un problema de proporciones mayores.

Pues bien, el anterior párrafo nos dice algo claro: la estrategia internacional de Chile no puede ser la que ha usado hasta ahora, ya que han cambiado de condiciones de posicionamiento. Pero Chile no ha hecho un esfuerzo relevante para construir una doctrina geopolítica para el nuevo futuro del país.

Y este es un pasivo grave del gobierno de Gabriel Boric. Y lo es porque fue el momento donde ocurrieron los hechos que manifestaron las complejidades que hoy se expresan de manera muy concreta, ya no como primeros hechos, sino como fenómenos redundantes (ya Piñera había tenido lío con la relación combinada de China y Estados Unidos).

Pero vamos por parte. ¿Por qué Chile es más importante hoy que antes?

La relevancia estratégica creciente de Chile no se explica por un solo recurso, sino por la convergencia de una combinación excepcional de materiales críticos y vectores energéticos que lo sitúan en el centro de la transición global: posee una de las mayores reservas de litio del mundo —clave para baterías y almacenamiento eléctrico—, es el principal productor mundial de cobre —insumo indispensable para redes eléctricas, vehículos eléctricos, energías renovables e infraestructura digital— y además concentra subproductos estratégicos como molibdeno, cobalto y potenciales reservas de tierras raras, minerales fundamentales para aceros especiales, electrónica avanzada, imanes permanentes y tecnologías de defensa.

A ello se suma una de las mayores disponibilidades de energía solar del planeta en el norte y un enorme potencial eólico en el sur, lo que habilita la producción de hidrógeno verde como nuevo vector exportable.

Esta articulación entre generación renovable, almacenamiento, conducción eléctrica y minerales críticos configura una cadena energética y tecnológica casi completa, comenzando a asemejar el peso estructural que tuvieron en el siglo XX los países petroleros secundarios: no dominan el sistema global, pero se vuelven indispensables para su funcionamiento.

Ese cambio de estatus convierte a Chile en zona de interés estratégico creciente, donde la oportunidad histórica de desarrollo puede transformarse, si no se gestiona con sofisticación geopolítica, en un foco de presión, competencia y vulnerabilidad de gran escala.

Entonces, Chile ha sido........

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