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Análisis estratégico sobre el caso Venezuela y sus escenarios

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05.01.2026

Leídos a la luz de la NSS 2025, los hechos recientes no anticipan una transición democrática conducida desde fuera ni protagonizada por la oposición. Indican, más bien, la consolidación de un método.

Esta columna integra información pública para un análisis estratégico sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela.

La he diseñado bajo la fórmula de un informe estratégico, que bien podría entenderse como un conjunto de consideraciones que cualquier gobierno podría construir si no cuenta con información privilegiada sobre el escenario visible y, dada la importancia de los hechos, se busca tener un conjunto de hipótesis de base suficientemente robustas para navegar en un contexto con alta incertidumbre.

Como es obvio, todo pequeño dato debe ser utilizado para posibles inferencias, pero sin desatar la imaginación de los rieles de la prudencia. Como se vislumbra, toda la información utilizada es pública y se trabaja con elementos de geopolítica teórica y análisis de contextos de crisis.

La acción estadounidense contra el liderazgo venezolano (la extracción de Nicolás Maduro y su arribo a Estados Unidos para ser juzgado) debe leerse menos como un episodio excepcional y más como una forma de intervención estabilizada en el repertorio contemporáneo del poder.

No hay aquí voluntad de transformación del orden interno (cambio de régimen) ni ambición de control territorial (colonialismo). Las lecturas que circunscriben la acción de Estados Unidos a los repertorios anteriores pecan de la lectura ideológica o de un diagnóstico de época que entiende el presente en continuidad con el pasado reciente, asunto que no es razonable. Lo que hay es algo más sobrio —y por eso mismo más inquietante—.

Partamos por el síntoma principal: judicialización selectiva como sustituto de la acción geopolítica clásica. No hay un acto formal sobre el gobierno o dictadura de Maduro, sino que se elige una denuncia y el rótulo de narcotraficante. No es una intervención fundada políticamente, sino que se opera por una ruta más objetiva como es el derecho, pero también con menos profundidad en la capacidad de acción. Es decir, más allá del ruido y el impacto, de momento se trata de una detención.

Esta lectura es espinosa, ya que si la intervención tiene tintes políticos, la acción no tuvo la aprobación del Congreso y ello podría suponer un acto ilegal. Por eso las autoridades de Estados Unidos enfatizaron que Maduro era un fugitivo y que lideraba el requerimiento la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, aunque de ella solo se conoce una publicación en redes sociales que señalaba que Maduro “pronto se enfrentarían a todo el peso de la justicia estadounidense en suelo estadounidense y en tribunales estadounidenses”.

En el mismo camino Marco Rubio (ministro que ha liderado las vocerías al respecto) y el general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, declararon que la acción llevada a cabo fue a petición del Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Desde el inicio, la operación (en lo formal) se presentó despojada de fundamentos políticos, aunque la retórica de Trump y Rubio haya sido a ratos desbordada. No se invocaron principios democráticos ni se construyó un marco moral de liberación nacional. El señalamiento fue estrictamente penal. La figura de Nicolás Maduro apareció no como jefe de un régimen autoritario, sino como imputado en una red criminal.

Esa decisión no es cosmética: fija el campo de juego. Al renunciar explícitamente al lenguaje político, Estados Unidos se libera de la obligación de ofrecer una salida política. Pero pierde profundidad. Como veremos al final, esta pérdida es parte probable del diseño.

La operación, además, fue deliberadamente incompleta. Fue una extracción limpia en lo militar, pero políticamente era débil, ya que era evidente que esa detención no generaba un cambio de régimen. Por cierto, no fue ingenuidad, fue el diseño. El acto, por eso mismo, no dejó control posterior y no alteró la correlación de fuerzas internas del poschavismo.

Leída desde una lógica tradicional, parecería un fracaso, como algunos medios de Estados Unidos critican: solo se extrajo a un líder y no a los cinco principales, no cayó el régimen, se negocia con él. Marco Rubio ha tenido que defender esa postura con argumentos logísticos: diciendo que no se podía ir más lejos en la operación para que fuera limpia.

Sin embargo, bajo el modo de interpretación más transparente, la acción revela coherencia ya que no buscaba producir efectos estructurales. El objetivo era marcar el terreno, no transformar. Había que dejar claro el mensaje sobre el futuro de quienes no colaboran (aparentemente hubo dos llamadas de Trump a Maduro advirtiendo para negociar, pero éste creyó que al llamarlo implicaba que no podían detenerlo). La idea era disciplinar, no gobernar. El escarmiento es individual (Maduro), pero el mensaje es sistémico y da cuenta de una forma de proceder que no ha sido habitual y que viene a modificar el campo de acción de Estados Unidos.

No es una jugada sobre Venezuela. No es simplemente el petróleo. Es una señal del modo en que actuará Estados Unidos. La intervención, como siempre, busca demostrar poder, entre otros objetivos, pero la grandilocuencia no está acompañada realmente de grandes actos políticos. Zelensky, sin ir más lejos, se muestra rebelde y Putin no cumple los sueños de Trump. La acción eficaz, aun cuando modesta, ya no es de injerencia global, sino americana. No es poco, porque en este continente se juega mucho en términos de recursos. Pero ha dejado de ser relevante en significación ideológica, como........

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