¿Qué es la izquierda hoy?
De alguna manera la izquierda actual es un archipiélago de tradiciones pasadas. ¿La profundidad? Ha sido declarada irrelevante. ¿La publicidad? Ha sido declarada santo grial. Es una izquierda mediatizada, fascinada por las redes sociales, que asume que los problemas políticos se resuelven ganando elecciones. ¿Las discusiones? Han sido casi imposibles.
Hace unas semanas se dio una discusión a partir de epístolas públicas sobre el sentido profundo de la derecha. La discusión no fue grandilocuente, de hecho, fue algo silente. Pero en ella subyacía algo así como la necesidad de ese orden de ejercicios, aquellos que pasan de lo intelectual a la praxis.
Y sí, es cierto, la escena es menor, pero no es pequeña. Ocurrió en El Mercurio, en ese espacio donde todavía se escribe sin la urgencia del minuto: cartas, columnas, respuestas que no buscan imponerse de inmediato, sino que buscan estar ahí, disponibles.
Ahí comienza. No hay ruido, no hay una voluntad desesperada de instalar un debate. Hay, más bien, una incomodidad que empieza a tomar forma. Uno escribe, otro responde, un tercero intenta ordenar. Y en ese gesto —que podría parecer trivial— aparece algo que había estado ausente por demasiado tiempo: la derecha vuelve a discutir en serio, mirándose.
Todo comienza con Lucas Miranda (abogado y ensayista, parte de una generación joven interesada en reconstruir el pensamiento de la derecha) quien abre el intercambio con una inquietud que no es solo filosófica: propone que la derecha chilena puede volver a pensarse desde una tradición más densa, y pone sobre la mesa a Immanuel Kant.
No lo hace como un gesto erudito, sino como una forma de elevar el estándar. Su interés es dar un giro filosófico, saliendo de la defensa técnica, del economicismo, y volver a un terreno donde la derecha tenga algo que decir sobre principios, sobre normas y sobre el orden. En el fondo, su intervención sugiere que la pobreza actual de la derecha no es solo política, sino intelectual.
La respuesta de Hugo Herrera (filósofo y académico, una de las voces más influyentes en la reflexión contemporánea de la derecha chilena) no rechaza el punto, pero introduce una incomodidad decisiva. Reconoce que Kant está presente en la tradición, incluso en autores chilenos relevantes, pero advierte que una derecha que se piense únicamente desde ese universalismo corre el riesgo de volverse abstracta, ajena a la historia y a la experiencia concreta. Herrera quiere desplazar el eje. Plantea que la política no ocurre en el plano de las ideas puras, sino en el espesor de lo real, en la comunidad, en el pueblo, en las tensiones que no se dejan resolver por principios universales. Su intervención no clausura a Kant, pero lo descentra y no lo supone un nodo de fermentación para multiplicar la vida del sector. Herrera profundiza en una ruta que ha planteado Miranda: el vaciamiento del economicismo.
En ese punto la discusión podría haberse polarizado, pero aparece una tercera voz que intenta evitar la ruptura. Benjamín Truffello (abogado y columnista, ligado al mundo intelectual de la derecha emergente) interviene proponiendo una síntesis. Su argumento es que la oposición entre Kant y una derecha más estatal o nacional es, en buena medida, falsa o eventualmente innecesaria. Señala que el kantismo no es incompatible con el Estado, ni con la nación, ni siquiera con ciertas formas de redistribución. Introduce ejemplos, matiza, baja la tensión. No ve la necesidad de que la derecha tenga que elegir entre una tradición filosófica exigente y una política anclada en lo concreto. Intenta mostrar que ambas cosas pueden convivir.
Pero lo que queda, más allá de las posiciones, es la estructura de la discusión. Miranda abre hacia la necesidad de fundamentos; Herrera recuerda los límites de la abstracción; Truffello intenta articular. Tres movimientos que, en el fondo, no discuten sobre Kant, sino sobre algo más........
