Memorias de un caraqueño anfibio
Nací en Caracas, ciudad donde el tiempo no se mide en días sino en chorros de agua. Mi semana tenía dos estaciones claramente definidas: la época de abundancia (jueves, viernes y sábado) y la gran sequía espiritual (domingo, lunes, martes y miércoles). Mientras el resto del mundo dividía su calendario en meses, yo dividía el mío en "cuando viene el agua" y "cuando uno llora por dentro".
Los jueves eran mi Navidad. Abría la llave del baño y el agua caía como una bendición divina mientras yo alzaba los brazos al cielo como si hubiera ganado un campeonato mundial. Me bañaba dos veces. A veces tres. Una vez me bañé cuatro veces en un día solo porque podía, porque era libre, porque el agua corría y yo era un hombre civilizado con acceso a recursos hídricos. Me sentía suizo.
Pero el domingo llegaba con su crueldad característica.
Abría el grifo (vulgarmente el chorro) con la esperanza irracional de que quizás, solo quizás, esta vez sería diferente. El caño tosía, escupía aire con algo de dignidad, y luego guardaba un silencio sepulcral que me partía el alma. Ahí comenzaba mi transformación: dejaba de ser ciudadano de una capital del primer mundo para convertirme en un explorador que debía racionar recursos en medio de la selva, excepto que mi selva tenía televisión por cable y tráfico en la Francisco de Miranda.
Entonces aparecía él. Mi héroe. Mi salvador. Mi compañero de batallas.
El envase de Margarina Mavesa de un........© Aporrea
